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Por:  Ventura de Jesús 

Matanzas.–La noticia fue circulando de boca en boca. En la zona había un maestro, de los que partieron hacia los lugares más intrincados de la Isla con la misión de abrir escuelas y comenzar a enseñar a niños y adultos. 

Al parecer, el muchacho desconocía que en las proximidades de aquel punto del Escambray, donde se encontraba, había un grupo de alzados contra la Revolución.

Uno de ellos, Emilio Carretero, que fuera policía del gobierno de Batista, tenía la orden de apresarlo. Y en efecto, varios de los bandidos irrumpieron en la casa del campesino Eleodoro Rodríguez Linares (Erineo), quien daba abrigo a Conrado Benítez, el maestro voluntario.

No valieron los ruegos de los familiares de Ireneo. Maestro y campesino fueron conducidos y colocados dentro de una jaula, pues no podían permitir que maestros revolucionarios inundaran el Escambray.  

A Conrado le comunicaron que para salvar su vida debía retractarse de sus ideas y condenar a Fidel. El maestro tenía apenas 18 años de edad y lo hicieron hablar con las manos atadas. Dijo que era de la ciudad de Matanzas y había dejado sus estudios para enseñar a leer y escribir a niños sin esa posibilidad hasta entonces.

Al final lo golpearon con crueldad mientras le decían comunista, negro, fidelista. Quedó muy mal herido. Al amanecer del día 5 de enero y ante la noticia de que los milicianos avanzaban hacia el lugar, se ensañaron otra vez con el muchacho, incluso lo bayonetearon y le cortaron los genitales.

Según testigos, ya cuando lo ahorcaron, el maestro estaba muerto. También alzaron al campesino.  

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Conrado Benítez era un muchacho muy educado, serio y responsable, al que le gustaba trabajar para ayudar en la casa. Se distinguía, además, por su timidez, algo introvertido y cariñoso.

Su padre era obrero de la construcción, y la madre, ama de casa. Como tantos niños de su condición, desde pequeño conoció las penurias de la pobreza y tuvo que ganarse el sustento de disímiles formas. Sin embargo, encontraba tiempo durante el día para estudiar y superarse.

Luego del triunfo revolucionario, matriculó en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas y más tarde acudió a la convocatoria de la Revolución para movilizar a la juventud hacia las zonas rurales más atrasadas, con la tarea de enseñar a leer y escribir a sus habitantes.

Quizás por el ejemplo que legó, en la familia hay varios maestros.

Él mismo se construyó un cajón de limpiabotas y luego, ya en la Secundaria, se iba por las noches con sus amigos a la panadería, aquí en Pueblo Nuevo, para cooperar con nuestra economía. No era niño de andar pidiendo. Había que obligarlo a coger cinco centavos para que fuera al cine.

Mostró cara de alegría cuando se enteró del llamado de Fidel a los jóvenes que estaban dispuestos a dar clases en las montañas y lugares apartados. Llegó a la casa muy contento. Comentó que iban a venir con unas planillas. Yo las voy a llenar, dijo.

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Es difícil saber con exactitud cuántas escuelas llevan su nombre. Lo que se conoce con certeza es que en muchos planteles de Cuba le rinden tributo a Conrado Benítez, uno de los jóvenes que se hizo maestro voluntario en 1960 para llevar la educación a las zonas más recónditas del país para acabar con el flagelo social del analfabetismo.

Por aquella época se le veía contento, conoció a una muchacha de Camajuaní con quien se dice sostuvo relaciones muy afectuosas. Disfrutaba de su papel como maestro y admiraba la forma en que sus alumnos le agradecían.

Los campesinos lo querían mucho. Salió con ellos, incluso, a cortar la madera para hacer los pupitres de la escuelita. Llegó hasta comprarles algunos juguetes a sus niños.

Aunque ya ha transcurrido 60 años del abominable crimen, el 5 de enero de 1961, a escasos día de haberse iniciado la Campaña de Alfabetización, todavía lo recuerdan en toda Cuba y de manera muy especial en su barrio natal, Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas. 

De los pasos en su infancia vivía pendiente Herminia Benítez López, Miní, quien lo quiso como una madre. El día que le dieron la noticia de su muerte admitió que fue uno de los peores de su vida.

Lo asesinaron por el delito de enseñar a leer y a escribir, y para amedrentar a los que ya estaban alistados en las brigadas de alfabetizadores. Pero lograron todo lo contrario. Los maestros se multiplicaron. Todo el mundo se brindó. Luego fue muy estimulante saber que el país había sido declarado libre de analfabetismo.

Ver a aquellos jóvenes, casi niños, con sus uniformes, faroles y otros atuendos ayudó a los familiares a sobrellevar su ausencia. Su muerte causó gran conmoción, pero no fue en vano.

Centenas de miles de niños y jóvenes partieron hacia las montañas en valiente reto a los asesinos y no bajaron más hasta que, a finales de 1961, Cuba fue declarada libre de analfabetismo. Décadas más tarde se ensanchó el homenaje a Conrado y a otros mártires de la Revolución, cuando miles de compatriotas marcharon a otras tierras a borrar para siempre la ignorancia y la incultura.

Fuentes:

Girón: La batalla inevitable

-Testimonios de familiares de Conrado, y de Herminia Benítez López, Miní, quien lo quiso como una madre.

Tomado de Granma

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