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En un texto sobre la historia de Estados Unidos, Oliver Stone y Peter Kuznick nos recuerdan el lema central que hizo ganador a Herbert Hoover como presidente hace exactamente 100 años: «Volver a la normalidad». Acababa de culminar la primera guerra mundial y los estragos tenían derrumbada la economía. Hoover ni siquiera era candidato pero, en unas primarias republicanas donde le tocó hablar, realizó un breve y gris discurso donde dijo la mencionada frase y un aburrido auditorio aplaudió a rabiar. Repitiendo el lema fue escogido entre los republicanos y luego en todo el país. 

El carácter de Trump es todo lo contrario al de Hoover, pero el ánimo de la ciudadanía no es tan diferente al de 1920. Hay una fatiga social derivada de la situación económica y el alto desempleo, además del aburrido distanciamiento social, todos estos generados no por la pandemia, sino como modo de respuesta a ella.

Y eso no solo ocurre en Estados Unidos.

Lo que cualquier mortal quiere escuchar en cualquier parte del mundo es que ya comienza una vuelta a la normalidad. Al menos una flexibilización de la cuarentena y una tendencia general hacia la regularización. Y es hacia allá donde apunta el populismo de derecha, incluso independientemente de su situación sanitaria. Hoy en día, el buen político será el que sepa entender esa sensación y darle una respuesta satisfactoria.

Si el populismo de izquierda, en resumidas cuentas, se basa en incluir a las mayorías en los sistemas de salud, educación y en la mejora de sus ingresos, el populismo de derecha viene a reivindicar, en una situación de pandemia, la vuelta al trabajo, al comercio y a la apertura económica, aunque las cifras de muertos sigan siendo astronómicas, como en Estados Unidos, donde se acercan a los 90.000 muertos, o Brasil, que ya pasa los 15.000. La pandemia entonces ha generado una nueva demanda social y una nueva promesa política: la normalización, o como la han comenzado a llamar, la «nueva normalidad». El exitoso lema de Hoover ha renacido en la política mundial.

Gente mantiene la distancia social para entrar en un centro de ayuda urgente a la población en Nueva York, EE.UU., 7 de mayo de 2020.Shannon Stapleton / Reuters

No hablamos, al menos en el discurso, de la normalidad como una concesión a las grandes empresas, que también, sino sobre todo a las grandes mayorías que ven mermar sus ingresos con una situación que se alarga de manera indeterminada y que dejan de percibir al coronavirus como el principal enemigo, o bien porque no lo han sufrido de cerca, o bien porque no se sienten población vulnerable. En cambio, su preocupación principal ya es de lejos la crisis económica que ha venido con la cuarentena. Han aguantado dos meses o más y ya el remedio comienza a parecerles peor, con un desempleo al alza y con merma generalizada de ingresos.

Allí se ha concentrado el discurso de Trump. Más que aparentar la continuación de la normalidad, Trump ha apostado por naturalizar el impacto de la pandemia. Desde tempranas horas, a finales de marzo, Trump y el hombre clave de la casa blanca sobre el tema del coronavirus, Anthony Fauci, ya comenzaban a proyectar más de 200.000 muertos en ese país. Sin embargo, Trump continuó su discurso retador sobre el virus y el «modelo chino» para enfrentarlo. Es decir, la estrategia de Trump no ha sido ocultar la pandemia, sino que la ha naturalizado.

Esto puede resultar insensible pero, ante la cruda realidad, puede permitirle gestionar la crisis y en paralelo seguir su carrera hacia la reelección: si en marzo se proyectaban 250.000 muertes y en mayo van 90.000, entonces la situación puede parecer no tan grave. Y ese es el espíritu que se escucha en la mediática mundial. Día tras día, Estados Unidos genera aproximadamente 3.000 muertos, cifra similar a la ocurrida en el atentado del 11 de septiembre, no obstante, el nivel de alarma no parece tan desgarrador. La tragedia se va metabolizando. El llanto inicial por las víctimas ha sido desplazado por el reclamo de la flexibilización. Buena parte de los medios y de los ciudadanos demandan la vuelta a la normalidad como si la pandemia mortal fuera cosa del pasado y solo sufriéramos los estragos posteriores. Un control de daños que parece posterior cuando todavía no está descartado el naufragio.

Demandas como la atención de enfermos, la oportuna reacción del sistema de salud y la información veraz de lo que realmente está ocurriendo están cediendo. El gran grito, varias semanas después, es la vuelta a la cotidianidad, y es allí a donde apunta Trump y el populismo de derecha.

En América Latina está ocurriendo algo similar: la población, cuyas mayorías viven del día a día y de la economía informal, que ha sido la primera afectada, está sedienta de acabar con la cuarentena y el distanciamiento, es decir, con las medidas de la OMS. Y es allí que llegamos a Bolsonaro.

Bolsonaro, ya famoso por sus frases celebres de burla y desatención sobre la pandemia, no atiende a las directrices de su ya exministro de Salud, sale sin tapabocas caminando entre la gente y convoca manifestaciones. Desde el discurso «correcto» puede llamársele irresponsable, pero también puede interpretarse que el presidente de Brasil se arriesga tanto como lo tiene que hacer la gente para sobrevivir, en medio de ciudades viralizadas. Cuando le preguntan por los miles de fallecidos responde : «Así es la vida. Mañana podría ser yo».

Nueva configuración de las demandas

Hay un reclamo por la necesidad de trabajar y no tanto por la inclusión de derechos sociales. Este 1 de mayo, Brasil escuchó más demandas contra la cuarentena que reclamos por los derechos laborales. La izquierda se encuentra en aprietos porque las demandas tradicionales están siendo ahogadas por la coyuntura.

Algunas encuestas pueden verificar estas peligrosas tendencias.

Un enemigo jurado de Trump, la cadena CNN, en una nota del 6 de mayo titula así: ‘Un momento, ¿volvió a subir la aprobación de Trump?’. Basados en Gallup, la madre de las encuestadoras, explican que si bien el presidente había venido cayendo durante la pandemia, se viene recuperando las últimas semanas y ha llegado nuevamente a 49 % de aprobación frente a un 47 % de rechazo. Todo ello (lo recordamos nuevamente) en medio de miles de muertos diarios causados no solo por la pandemia, sino también por la falta de aplicación por parte de su gestión de medidas elementales mundialmente establecidas.

Esa responsabilidad de Trump, al menos desde el discurso de lo políticamente correcto, no parece ser reconocida por todos y eso es a nuestro modo de ver realmente sorprendente. Y como es lógico, está sorprendiendo también a la izquierda quien esperaba que en unas semanas esos liderazgos fueran arrastrados por la vorágine de la pandemia y sus discursos irresponsables. Cobra importancia que, según la misma encuesta, son los independientes los que, aunque se vieron afectados por la situación y le fueron quitando apoyo a Trump, ahora parecen estar volviendo a sus simpatías por él.

La nota de CNN culmina afirmando: «El punto: ten cuidado con la sabiduría convencional. Especialmente cuando se trata de Trump».

Con Bolsonaro la cuestión parece no ser tan diferente.

En una investigación de Datafolha, realizada el 27 de abril pasado a 1.503 brasileños adultos que poseen teléfono celular, los resultados se comparan con otra investigación de la misma agencia, realizada a 2.948 entrevistas el 6 de diciembre de 2019. La comparación resultaría enigmática de poderse verificar los resultados con fichas técnicas similares (durante la cuarentena no pueden hacerse encuestas cara a cara y allí podría crecer el margen de error).

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Entre los que tienen renta de menos de dos salarios mínimos (el 60 % de los encuestados) la calificación de «óptimo o bueno» al gobierno de Bolsonaro subió 8 puntos en el mismo período. Aumento similar se encontró entre trabajadores informales y autónomos que ganan hasta tres salarios mínimos. Mientras que entre los entrevistados con renta de más de 5 salarios mínimos y con mayor nivel educativo (10 % de los brasileños) la calificación a su gobierno cayó 10 puntos.

André Singer, politólogo y portavoz de Lula en su gobierno, lo explica de esta manera: «Según un análisis publicado en Folha de Sao Paolo, en los últimos 4 meses los sectores con mayores ingresos y educación se han ido alejando del presidente, pero el apoyo ha aumentado entre los más pobres, así como entre los trabajadores por cuenta propia y los trabajadores informales. De hecho con la pandemia, Bolsonaro perdió el apoyo en las zonas de clase media que lo habían apoyado en 2018. Los cacerolazos pueden escucharse ahora en los barrios que antes lo apoyaban (…) Por otro lado, la posición de Bolsonaro a favor de la reapertura de las actividades económicas –y en contra del aislamiento social– puede traerle simpatías precisamente donde el lulismo era más fuerte: las clases populares».

Si en las primeras semanas del coronavirus, el consenso común circulaba entre los argumentos del estado fuerte, la salud pública y las bonificaciones especiales, puede pensarse que hay un nuevo repertorio de reclamos que van desplazándose hacia la apertura económica, la flexibilización de la cuarentena y la importancia de volver al trabajo.

Estamos en presencia de una transformación en las formas de pensar y entender la política. La división tradicional entre la izquierda y la derecha luce desvencijada porque el populismo de derecha está reenclasando la política y ocupando el imaginario de las clases trabajadoras y populares, mientras que el discurso de la salud y la protección de la vida como significantes privilegiados por la izquierda puede terminar siendo una demanda de las élites. Las clases populares necesitan del trabajo explotador para sobrevivir, y esa es la oferta que hace el populismo de derecha con la que pueden estar ganando territorio en los sectores populares.

Patrulla en un mercado cerrado por el covid-19 en Río de Janeiro, Brasil, 12 de mayo de 2020.Ricardo Moraes / Reuters

Estamos hablando de un cambio en los paradigmas políticos al menos mientras dure la pandemia y sus efectos. Este cambio de mentalidad está dejando sin iniciativa a la izquierda y al progresismo. El mismo Lula, principal líder de la izquierda latinoamericana, ha sido contradictorio en sus propuestas de cómo enfrentarse a Bolsonaro, primero rechazando el ‘impechment’ y luego contemplándolo como una opción. Singer reconoce que el líder obrero ha perdido la iniciativa. Obama, por su parte, ha cargado contra Trump desde la corrección política, pero aún no conocemos el impacto que este discurso pueda tener.

Por ahora, el populismo de derecha tiene la determinación, ha demostrado capacidad de movilización incluso en medio de la pandemia y se acerca compulsivamente a las nuevas demandas populares. Los sectores progresistas aún no saben cómo surfear la situación. Todo un desafío del que no sabremos resultados definitivos hasta noviembre de este año, cuando ocurran las presidenciales en Estados Unidos, y en 2022, cuando se celebren en Brasil.

Por los momentos, todos queremos la normalidad y el que mejor sepa interpretarlo se ganará el premio, como hace un siglo lo logró Hoover.

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