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Por: Atilio Borón

Hasta hace unos años los críticos del imperialismo estadounidense éramos tradicionalmente ignorados por los expertos, los académicos y los medios de comunicación. Fuimos acusados de ser “ideológicos” e irrespetuosos ante las realidades del escenario internacional, o, en algunos casos, marginados; acusados de ser tan solo vociferantes panfletistas “antiamericanos” que no merecían ninguna consideración tanto frente a la opinión pública como en mundo académico. Sin embargo, esto ya no es así.

Hoy en día, la literatura que examina las múltiples dimensiones del declive de Estados Unidos es inmensa y crece por horas. Sorprendentemente, muchos en las filas de la izquierda todavía se aferran a la vieja concepción de Estados Unidos como una potencia omnipotente e invencible, algo que ya es una añeja fotografía del pasado.

Con el propósito de ejemplificar la verdadera situación del imperio estadounidense voy a revisar brevemente el artículo que Richard Haass publicó a principios de este año (11 de enero de 2021) en Foreign Affairs. Haass está lejos de ser un oscuro profesor de Relaciones Internacionales o un izquierdista acérrimo, carente de una audiencia masiva.

Por el contrario, es un pensador de gran influencia en el “establishment” de la política exterior de Estados Unidos. Desde hace casi dos décadas preside el “think tank”  de política exterior más importante de ese país: el Council on Foreign Affairs. Anteriormente, como consumado diplomático, fue Director de Planificación de Políticas en el Departamento de Estado y estrecho colaborador del Secretario de Estado de George W. Bush, Colin Powell. Haass no solo es un refinado académico –cuenta con un doctorado de Oxford;  también fue un decidido partidario de la infame “guerra contra el terrorismo” lanzada por la Casa Blanca después de los atentados del 11 de septiembre del 2001.

De hecho, el artículo que ahora comentamos fue publicado en la revista de política exterior más importante de Estados Unidos. El título de su contribución, “Presente en la Destrucción”, resume bastante bien su visión pesimista sobre la política exterior de Estados Unidos y el menguado papel de este país en el actual escenario internacional.

Su artículo fue redactado bajo las funestas impresiones dejadas por los sucesos del 6 de enero en el Capitolio, en Washington DC. Haass señala con acierto que las consecuencias e implicaciones del asalto de las bandas de extrema derecha al recinto de la soberanía popular en Estados Unidos trascenderían el ámbito doméstico. 

Fue un golpe devastador para la imagen ejemplar de Estados Unidos como el “líder natural” del llamado mundo libre y el modelo a emular por todos los países que luchan por emanciparse de las autocracias que los han oprimido durante siglos. Esta configuración de circunstancias internas e internacionales señala, según nuestro autor, el advenimiento de un “mundo post-estadounidense, uno que ya no está definido por la primacía de Estados Unidos”. 

Una situación negativa, agrega, que “se llega antes de lo que generalmente se esperaba, no tanto por el inevitable ascenso de otras potencias, sino por lo que Estados Unidos se ha hecho a sí mismo”. El resultado final de esta serie de eventos, entre los que la desastrosa Administración de Donald Trump juega un papel crucial, es una “marcada disminución de la influencia de Estados Unidos, en beneficio de China, Irán y Rusia”. 

Haass intenta calmar la ansiedad que su opinión podría producir entre sus conciudadanos asegurando que incluso en el “mundo post-estadounidense, el poder y la influencia de Estados Unidos siguen siendo sustanciales”. Pero matiza sutilmente su declaración afirmando que la creencia tradicional en el “excepcionalismo estadounidense” debe ser definitivamente archivada. 

Después de la invasión del Capitolio se perdió un componente decisivo del “poder blando” de Estados Unidos: la idea de que la democracia estadounidense es un ejemplo brillante (y eterno) para el resto del mundo. El país ahora tiene que enfrentar, con disminuidos recursos de poder, la “rivalidad de los grandes poderes” (China y Rusia, antes que nadie) y además hacer frente a desafíos globales complejos como el cambio climático, enfermedades infecciosas y pandemias futuras, grandes migraciones de personas (desplazados por guerras, sequías, inundaciones, pobreza, crisis políticas), proliferación nuclear, terrorismo y amenazas cibernéticas. 

El mensaje del artículo es claro y sencillo: “un mundo ‘post-americano’ no estará dominado por Estados Unidos, pero eso no significa que tenga que ser liderado por China o definido por el caos”. China emerge como el gran enemigo, ya no solamente como un competidor económico. La Nueva Guerra Fría está aquí y los diplomáticos estadounidenses no ahorrarán esfuerzos para convencer –o chantajear- a los líderes de muchas naciones advirtiéndoles que la elección es entre Estados Unidos o China. Y, que si no toman la decisión correcta, seguramente reinará el caos. Ojalá que no tengan éxito en esa campaña.

Tomado de CubaDebate

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