Por MARTHA GÓMEZ FERRALS 

Sorprendido en las fibras más hondas de su modestia raigal, el Comandante Ernesto Che Guevara, ante el primer Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario, reunido en pleno, escuchó las razones de su presencia en el Palacio Presidencial: la decisión legal de haber sido declarado ciudadano cubano por nacimiento, basada en la Ley Fundamental de la República vigente entonces (1940).

Testigos afirman que cuando supo la inesperada noticia corrían las primeras horas del día ocho de febrero de 1959, después de una deliberación y conclusiones iniciadas por el flamante gobierno la jornada anterior, cuyos resultados fueron fechados y llegados a la prensa el nueve, y publicados el 10 por el periódico Revolución y el 11 en la Gaceta Oficial de la República.

Para tal decisión se había tenido en cuenta los extraordinarios méritos del combatiente argentino, nacido en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928; médico de profesión y combatiente por la justicia y la libertad por convicción, en la lucha de los cubanos contra la dictadura de Fulgencio Batista.

El muchacho de esta historia quería aquel pulóver de una manera especial. Lo miraba a través del cristal de la tienda y casi lo acariciaba con los ojos.

Pues bien, a Guevara se le notó la sorpresa, aunque todavía casi que no se habían acallado los fragores de la decisiva Batalla de Santa Clara, dirigida por él a fines de diciembre de 1958, y ya se había ganado entre los cubanos el legendario y cariñoso sobrenombre del Che, como valiente soldado y estratega militar en la ofensiva final del Ejército Rebelde y en la Sierra Maestra.

Dicen que consideró tanto honor como inmerecido, pues él sencillamente había combatido por la libertad y el bienestar del pueblo cubano, como lo hubiera hecho por similar causa noble en otro lugar del mundo que lo necesitara, de acuerdo con sus convicciones.

Tras la rápida reacción motivada por la modestia y su rechazo a los reconocimientos y laureles, comprendió también cuan profundas habían sido las razones de los hijos de esta tierra para conferirle tal honor.

Y él nunca se permitiría un desaire a ese pueblo que ya admiraba sus hazañas y su accionar entre los nativos, y tampoco al bisoño gobierno revolucionario empeñado desde muy temprano en hacer justicia.

No se equivocaron entonces ni el Che ni los criollos respecto al uno y los otros, a pesar de hallarse casi en la arrancada de la marcha de la Revolución, después del triunfo de enero de 1959.

Si bien la progresista Constitución de 1940 había sentado fundamentos para el artículo 12, que oficializaba la decisión, fue necesario actualizar y añadir elementos correspondiente al momento histórico que en general la Carta Magna no debe precisar.

Así en el acápite 12 se incluía tras el citado foro: “Serán también cubanos por nacimiento los extranjeros que hubieran servido en la lucha contra la tiranía derrocada el 31 de diciembre de 1958 , en las filas del Ejército Rebelde durante dos años o más y hubieran ostentado el grado de comandante durante un año por lo menos, siempre que acrediten esas condiciones en la forma que la ley disponga”.

Ello permitiría honrar también a extranjeros que combatieron en el Ejército Rebelde. Ya los hijos de Cuba habían enaltecido la invaluable contribución ofrecida a la nación por el Generalísimo de las Guerras de Independencia, el dominicano Máximo Gómez Báez, dándole similar condición, que el patricio, igualmente modesto, nunca reclamó.

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Imbuido por el inmenso agradecimiento de los cubanos, el Che fue ganado por la emoción y abrazó a la primera persona que lo impuso sobre su condición de ciudadano cubano por nacimiento, Luis Buch, secretario del Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario de 1959 a 1962.

Cuando ya avanzada en su impostergable vocación de guerrillero heroico, aún todavía entre los cubanos, trabajó denodadamente como ministro de Industrias, al frente de la Banca nacional, como conductor político ideológico de los jóvenes y de todo el pueblo, impulsó el acto generoso y altruista del trabajo voluntario y laboró sin descanso por el bien de la nación, en su puesto y en foros internacionales.

No hubo un momento en que dejara de ofrecer su corazón y no correspondiera a la humilde decisión de hermandad tomada humildemente por los cubanos aquel siete de febrero.

Años después, en la Carta de despedida, leída por Fidel el tres de octubre de 1965, declaró que marchaba a cumplir el reclamo de otras tierras del mundo, necesitadas de su esfuerzo, una decisión muy propia de la que liberaba a los cubanos y su Gobierno de toda responsabilidad.

Por eso, aunque renunció esa vez, formalmente a sus cargos en el Gobierno y en el Partido, y a la nacionalidad, confirmó de manera irrefutable: “(..)aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos y dejo un pueblo que me admitió como un hijo , eso lacera una parte de mi espíritu”.

Y si la hora final le llegaba bajo otro cielo, su último pensamiento sería para el pueblo cubano, que era ya de él de corazón, y para el líder de la Revolución.

Así era el Che Guevara, el hombre nuevo latinoamericano, argentino y ciudadano cubano y del planeta cuya huella pervive.  

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