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Recientemente se conoció que el Gobierno de Panamá defendió su posición soberana de pedir ayuda médica a Cuba para enfrentar la pandemia de la COVID-19, pero inmediatamente el funcionario estadounidense Mauricio Claver-Carone hizo una llamada telefónica al presidente Laurentino Cortizo, y luego una delegación de alto nivel, encabezada por Robert O’Brien, asesor de Seguridad Nacional de EE.UU., visitó esa nación.

El partido panameño Frente Amplio por la Democracia expresó: «O’Brien vino a impedir la ayuda solidaria a los trabajadores de la Salud en Panamá por parte de los experimentados médicos cubanos, cuya labor humanitaria en varios países les ha valido el reconocimiento de pueblos y la propuesta de ser justos merecedores del premio Nobel de la Paz», citó la agencia rusa Sputnik.

La ministra consejera de Salud, Eyra Ruiz, aseguró también: «Si los médicos cubanos fueron a Italia y allí fueron galardonados por la atención que dieron, nosotros no somos quienes para juzgar esas cosas, y entiendo que en otros países, que no nombraré por respeto, se están jugando otros temas geopolíticos e ideológicos».

El experto panameño José Luis Prosperi escribió en su Twitter que considera necesario recibir la ayuda de Cuba: «No tenemos suficientes médicos y enfermeras especializados en las áreas críticas. Nuestros médicos y enfermeras están al borde del colapso por agotamiento».

Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, comenzó una gran campaña de descrédito sobre la colaboración cubana, y países como Brasil, Bolivia y Ecuador, cancelaron sus convenios bilaterales con la Mayor de las Antillas. A la obstinada difamación se ha impuesto, ante los ojos del mundo, el gesto altruista del personal de la Isla que, en medio de la COVID-19, ha prestado ayuda a los pueblos de más de 40 naciones.

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