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La revelación de documentos nunca vistos del Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos ofrece más evidencias del plan de Washington para derrocar al gobierno socialista chileno de Salvador Allende (1970–1973).

En uno de los archivos se recoge la conversación que tuvieron el entonces presidente norteamericano Richard Nixon y varios de sus funcionarios, para evaluar qué rol debía cumplir el Gobierno estadounidense ante la victoria de Allende en las elecciones del 4 de septiembre de 1970, en plena Guerra Fría, algo que preocupó a Washington desde antes de la asunción presidencial.

De hecho, uno de los memorandos, fechado el 5 de noviembre de 1970, refleja que el entonces consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, alertaba a Nixon sobre la «decisión más histórica y difícil en asuntos exteriores» que debería tomar la Casa Blanca, teniendo en cuenta los efectos adversos que podía tener la Presidencia de Allende, tanto en la relación entre Chile y EEUU, como su posible influencia en el hemisferio.

Otro de los documentos desclasificados deja claro que había posturas divergentes entre los funcionarios estadounidenses sobre cómo llevar adelante el plan. Mientras el secretario de Estado, William Rogers, proponía promover la caída de Allende «sin ser contraproducente», es decir, que la hostilidad y agresión abierta hacia Chile no fuera demasiado evidente a los ojos del mundo, el secretario de Defensa, Melvin Laird, sostenía sin tapujos: «Tenemos que hacer todo lo posible para lastimar [a Allende] y derrocarlo».  

En ese enfrentamiento de ideas sobre la política exterior, Kissinger bregaba por la postura más agresiva.

«EEUU buscará maximizar las presiones sobre el gobierno de Allende para evitar su consolidación y limitar su capacidad para implementar políticas contrarias a los intereses de EE.UU. y del hemisferio», reza otro de los documentos.

Entre las políticas que se llevarían adelante, se dispuso coordinar con otros gobiernos de la región –entre ellos Brasil y Argentina–, para redoblar los esfuerzos intervencionistas, que terminaron con el golpe de Estado y el asesinato del líder socialista chileno, el 11 de septiembre de 1973.

Los funcionarios de Washington también acordaron presionar al Gobierno democrático de Allende mediante el bloqueo de los préstamos de los bancos multilaterales a Chile; llamando a corporaciones estadounidenses a abandonar el país suramericano; y manipulando el valor del mercado internacional de la principal exportación de Chile, el cobre, «para dañar aún más la economía chilena», según los documentos.

De acuerdo con los papeles del Archivo de Seguridad Nacional, Kissinger logró postergar una reunión entre Nixon y el Consejo de Seguridad Nacional, porque quería conversar primero a solas con él. En ese encuentro, intentaría convencer al presidente de que los riesgos iban más allá de la relación bilateral entre ambos países, por lo que debía definir su posición.

En un memo, el exjefe de Gabinete, Harry Robbins Haldeman, describía la posición de Kissinger y sus argumentos para aplazar la reunión: «Para Henry, Chile podría terminar siendo el peor fracaso de nuestra administración: ‘nuestra Cuba’ en 1972», comenta.

Posteriormente, en una conversación con Kissinger, Nixon aseguró: «Si [Allende] puede demostrar que puede establecer una política marxista antiamericana, otros harán lo mismo». Su asesor fue más allá: «Tendrá efecto incluso en Europa. No solo en América Latina».

Chile caería en poco tiempo en un ahogamiento económico, con bancos multilaterales bloqueados, sin acceso al crédito internacional y con la prensa en contra.

Los problemas financieros, además de la caída de la actividad, forjaron el ambiente que propició el golpe. Tres años después de aquellas conversaciones en Washington, bajo el liderazgo del entonces comandante en jefe del Ejército de Chile, Augusto Pinochet, las Fuerzas Armadas pondrían fin, de manera violenta, al Gobierno socialista de Unidad Popular.

(Adaptaciòn) Tomada de CubaSì

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