Foto de Portada
Foto: Internet

Siempre en nuestra memoria

La inmensa mayoría de los cubanos mantenemos en la memoria la historia de nuestra nación, a través de los recuerdos transmitidos por familiares y amigos de una a otra generación, mediante los conocimientos adquiridos en los programas del sistema nacional de enseñanza, en los textos y las imágenes percibidas bajo la influencia de los medios de difusión, y por las experiencias vividas como parte de un pueblo enfrascado en defender sus conquistas, frente a las constantes agresiones del Gobierno de Estados Unidos y sus agencias de subversión y espionaje.

Estamos conscientes de que somos continuidad de la Guerra de Independencia iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de Octubre de 1868, de la guerra necesaria convocada por José Martí el 24 de Febrero de 1895, de las luchas de la clase obrera, la intelectualidad y lo mejor de la juventud de la primera mitad del siglo XX donde descollaron jóvenes de la talla de Julio Antonio Mella, Rafael Trejo, Antonio Guiteras, Pablo de la Torriente y Rubén Martínez Villena, y posteriormente del ejemplo de Fidel Castro al frente de la Generación del Centenario el 26 de julio de 1953 con el Asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, donde fueran asesinados Abel Santamaría y decenas de sus compañeros, y de la hombradía de los jóvenes del yate Granma, por solo mencionar algunos hechos históricos que no podemos olvidar.

Inspirados en nuestra historia y enfrascados en la construcción de la nueva sociedad y en el enfrentamiento a las agresiones imperialistas, hemos ido construyéndonos un escudo ético, moral, espiritual, psicológico, ideológico, político y cultural, que nos ha permitido salir adelante unidos en las más difíciles circunstancias, valorando lo que hemos logrado como país, sabiendo en lo que debemos evolucionar desde el punto de vista técnico, científico, económico, político y social, y teniendo bien definido qué es lo que defendemos como nación en materia de valores como dignidad nacional, justicia social, igualdad y solidaridad.

El pasado que no volverá

Teniendo en cuenta solamente el periodo transcurrido a partir de 1902, en la mayoría de los gobiernos que rigieron los destinos de la nación se cometieron infinidad de abusos, injusticias y una cifra indeterminada de crímenes, en nombre de una supuesta “democracia representativa”, que solo respondía a los intereses de la burguesía nacional y las compañías norteamericanas, y de un régimen político donde ninguno de los partidos existentes dio solución a los problemas estructurales que agobiaban al pueblo. 

En horas de la madrugada del 10 de marzo de 1952 Fulgencio Batista dio un incruento golpe de estado frustrando las esperanzas del pueblo por elegir un nuevo presidente. A las diez de la mañana el golpista ya estaba reunido con el Agregado Militar norteamericano, para ratificarle que la situación en toda la isla estaba bajo control, y asegurarle que en lo adelante todo continuaría marchando a tono con los intereses del Gobierno estadounidense.

El 16 de octubre de 1953, durante su histórico alegato de autodefensa por los sucesos del Asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, el doctor Fidel Castro Ruz se refirió a los seiscientos mil cubanos que estaban sin trabajo deseando ganarse el pan honradamente, a los quinientos mil obreros del campo que habitaban en bohíos miserables, a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros estaban desfalcados, a los cien mil agricultores pequeños que trabajaban una tierra que no era suya, a los treinta mil maestros y profesores que tan mal se les pagaba, a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, y a los diez mil profesionales jóvenes que salían de las aulas con sus títulos y se les cerraban todas las puertas para encontrar un trabajo donde pudieran aplicar sus conocimientos.

Fidel también hizo referencia a que el 85 por ciento de los pequeños agricultores estaba pagando renta y vivía bajo la perenne amenaza del desalojo, que más de la mitad de las mejores tierras estaban en manos extranjeras como la United Fruit Company y la West Indian, que había doscientas mil familias que no tenían una vara de tierra donde sembrar viandas para sus hambrientos hijos y al mismo tiempo permanecían sin cultivar cerca de trescientas mil caballerías de tierra, que había doscientos mil bohíos y chozas, que cuatrocientas mil familias del campo y la ciudad vivían hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin condiciones de higiene y salud, que dos millones doscientas mil personas de zonas urbanas pagaban alquileres que absorbían entre un quinto y un tercio de sus ingresos, que dos millones ochocientas mil personas residentes en zonas rurales y suburbanas carecían de luz eléctrica, que a las escuelitas públicas del campo asistían descalzos, semidesnudos y desnutridos menos de la mitad de los niños en edad escolar, que muchas veces era el maestro el que tenía que adquirir con su sueldo los materiales necesarios, que el acceso de un trabajador a los hospitales del Estado solo era posible mediante la recomendación de un magnate político que exigía su voto y el de toda su familia, que el 90 por ciento de los niños del campo estaba devorado por parásitos que se les filtraban desde la tierra por las uñas de sus pies descalzos, y que crecían raquíticos, y a los treinta años no tenían una pieza sana en la boca.

En 1953 el Censo de Población puso al descubierto que solo el 22 por ciento de las viviendas pertenecían a sus moradores, que el 65 por ciento carecía de acueducto y el 72 por ciento no contaba con servicios sanitarios propios, que el 42 por ciento no disponía de electricidad y el 13 por ciento solo tenía una sola habitación.

La revista Carteles del 30 de enero de 1955 reveló que las condiciones de vida de los obreros agrícolas en Cuba estaban dentro de las más bajas del mundo y desde cualquier ángulo que se les mirara: vivienda, ropa, alimentación o salud.

El 6 de noviembre de 1955 Carteles publicó otro artículo donde comentó que el haber aumentado el número de automóviles circulando en las ciudades, o el de residencias y casas de apartamentos, o el haberse introducido la televisión en Cuba, no significaba que el nivel de vida general de los cubanos hubiera mejorado, porque en la isla había más de seis millones de habitantes y el real o supuesto progreso de unas cuantas decenas de miles de personas, no podía interpretarse como el de la totalidad.

Esta misma fuente el 18 de marzo de 1956 dio a conocer que solo el tres por ciento de los hogares rurales disponía de neveras para la conservación de alimentos, y que el menú de esas familias se reducía a yuca y boniatos hervidos. Añadió que el 55 por ciento de las viviendas campesinas carecía de inodoro o siquiera de letrina, lo que explicaba el espantoso apogeo del parasitismo que les roía las entrañas a los guajiros.

En el transcurso de 1956 una encuesta realizada por la Asociación Católica sobre la vida de los habitantes de las zonas rurales arrojó datos escalofriantes: el obrero agrícola disponía como promedio de unos 25 centavos diarios para comer, vestir y calzar, el 60 por ciento vivía en bohíos de techos de guano, paredes de tablas de palma y pisos de tierra, sin servicio sanitario ni agua corriente, el 85 por ciento de esas rústicas viviendas solo disponía de una o dos piezas en la que vivían hacinados todos los miembros de la familia, el 44 por ciento no pudo asistir jamás a una escuela, y el 90 por ciento se alumbraba con luz brillante.

A estas injusticias, incluyendo los nueve meses de “tiempo muerto” en que no había zafra azucarera y las familias campesinas sobrevivían pasando hambre y otras calamidades, porque solo tenían derecho a unos centavos de crédito, se sumaba el bochornoso tema de la discriminación racial.

Existían profundas manifestaciones de racismo donde los ciudadanos de tez negra no podían entrar a determinados barrios o caminar por las aceras de los parques, no se les permitía transitar por las principales avenidas de la capital, no podían ingresar en las escuelas privadas ni en las universidades, no les permitían alojarse en los hoteles, no les daban empleo en los bancos ni en la mal llamada Compañía Cubana de Electricidad ni en la Compañía Telefónica ni como conductores en las principales rutas de ómnibus locales ni como dependientes en las tiendas por departamentos ni en los lujosos establecimientos comerciales y centros recreativos.

Generalmente para los negros estaban reservados los trabajos más duros y los menos remunerados como estibadores, albañiles, plomeros, carpinteros, panaderos, cortadores de caña, desmochadores de palmas, carboneros, limpiabotas, zapateros remendones, vendedores ambulantes de periódicos, revistas, billetes de lotería, viandas, frutas y vegetales. Para evadir estas realidades muchos se inscribían en los organismos armados con el propósito de llevar un uniforme que les garantizara un nivel de vida un poco más estable. Los que disponían de mejores condiciones físicas incursionaban en deportes como béisbol y boxeo profesional, donde podían ganar algún dinero para tratar de sacar a sus familias de la miseria.

Se conocieron algunos casos de mestizos como Alfredo Hornedo que por avatares del destino llegó a poseer algunas propiedades y cierta fortuna, pero no se le permitía entrar en los clubes exclusivamente destinados a la alta burguesía.

No existían leyes para la protección de la niñez, la juventud y la mujer. Muchas jóvenes residentes en zonas rurales eran trasladadas hacia la capital con la promesa de ofertarles un empleo decoroso, pero al llegar a su destino eran explotadas como prostitutas. Otras eran “colocadas” en las casas de los ricos en tareas relacionadas con la limpieza, la cocina, lavando y planchando ropas, sin reconocerles ningún tipo de derecho, y siempre bajo la amenaza de perder el trabajo.

Algunas eran objeto de constantes humillaciones por parte de la señora de la casa o del acoso de sus patrones, veían transcurrir sus mejores años agradeciéndole constantemente a los dueños por el empleo concedido, teniendo en cuenta que solo podían aspirar a desempeñarse como dependientas en bares y cafeterías, o como empleadas de peluquerías y otros servicios poco remunerados, sin derecho a disfrutar de vacaciones, atención médica y pensiones, o simplemente limitadas a los quehaceres del hogar.

Las personas discapacitadas tanto en zonas rurales como urbanas, que pertenecían a familias pobres o de bajos ingresos, para muchos constituían una carga porque dependían de la caridad pública, de la labor de grupos filantrópicos que poco podían hacer, y a escala social no se les reconocía ningún derecho ni disponían de un sistema de instituciones especializadas donde tuvieran la oportunidad de aprender algún oficio o estudiar una carrera que les permitiera ser útiles a la sociedad.

En las ciudades eran común que muchos varones menores de edad y adolescentes pertenecientes a familias humildes abandonaran las escuelitas públicas al concluir el segundo o el tercer grado de la enseñanza primaria, con el objetivo de trabajar como almaceneros, mensajeros de farmacias y bodegas o repartidores de pan y dulces a domicilio, o alguna otra labor que les permitiera ganar dos o tres pesos a la semana para ayudar a sus padres en la crianza de sus hermanos menores.

En los campos la situación era aún más difícil y tenían que trabajar en condiciones infrahumanas acompañando a sus padres vigilando hornos de carbón durante toda la madrugada, trabajando en arrozales con el agua a la cintura, pastoreando rebaños, chapeando campos dedicados a diferentes cultivos, o cortando y alzando caña por un peso y veinte centavos el ciento de arrobas.

Era muy frecuente ver ancianos pidiendo limosnas, deambulando por las calles prácticamente descalzos, con las ropas raídas, aquejados por el hambre y la desnutrición, y a obreros agrícolas caminando en horas de la noche por las guardarrayas con una alforja al hombro y el machete a la cintura, buscando trabajo para ganar unos centavos que les permitieran llevar al día siguiente algo de comer a su mujer y sus hijos.

El sistema de salud pública estaba al servicio de aquellos que podían pagar una atención de calidad en hospitales privados y clínicas mutualistas, mientras la tuberculosis, la poliomielitis, la lepra, el parasitismo, el tifus y el tétanos, entre otras enfermedades, azotaban a las familias de obreros y campesinos en todo el territorio nacional.

A todo este infortunio habría que añadir un índice analfabetismo que superaba el 40 por ciento en algunas regiones del país, mientras constantemente los gobiernos hacían recortes al presupuesto del Ministerio de Enseñanza, o sus funcionarios se robaban el dinero asignado al desayuno y la merienda escolar, y al cerrar escuelas, dejaban a cientos de maestros sin trabajo y miles de niños sin aulas.

El caso más conocido fue el del ministro José Manuel Alemán que en 1949 ubicó 13 mil nombres ficticios en la nómina de esa institución, después consiguió que el Ministerio de Hacienda le asignara dos millones extra mensualmente para cubrir sueldos y gastos adicionales, y finalmente huyó hacia la Florida con 20 millones de dólares sustraídos de las bóvedas del Banco Nacional.

Era algo común ver en las rutas de ómnibus locales, en el andén de las estaciones de ferrocarril, en bares y hasta en la vía pública, a niños pobres interpretando canciones de moda en compañía de adultos desempleados, con el propósito de recaudar algunas monedas para ayudar a sus familias.

En las zonas rurales intrincadas era frecuente la aparición de rústicas cruces de madera a la vera de los caminos, que mostraban el lugar exacto donde eran sepultadas directamente en la tierra y sin ninguna ceremonia, las personas que vivían en los lugares más apartados y morían cuando eran trasladadas a pie en improvisadas parihuelas, tratando de llegar a algún lugar donde pudieran recibir los primeros auxilios, porque no podían ni pensar en la atención médica especializada.

Las mujeres campesinas agobiadas por la miseria y generalmente cargadas de hijos, solamente eran atendidas por comadronas que no disponían de los recursos elementales para realizar esta importantísima labor con las condiciones higiénicas requeridas.

Muchas embarazadas que vivían en intrincados parajes rurales morían en el parto o perdían a varios de sus hijos en edades muy tempranas. Y los que lograban salvarse generalmente vivían limitados al lugar intrincado donde nacieron, sumidos en la ignorancia, el analfabetismo, sin conocer el mar, el teatro, el cine, los edificios de apartamentos, los grandes hoteles, los avances de la civilización, y mucho menos los adelantos de la ciencia y la técnica.

En medio de estas difíciles circunstancias en las zonas rurales los campesinos vivían coaccionadas por el temor al propietario de las tierras y a los mayorales, que los supervisaban en los campos donde trabajaban por míseros salarios. Al final de la jornada tenían que recurrir a la tienda del central, que generalmente eran del mismo dueño, para adquirir los productos esenciales que necesitaban, a precios que los mantenían endeudados eternamente.

Mientras tanto, la Guardia Rural siempre estaba dispuesta a desalojarlas, quemarles sus bohíos y echarlas al camino con sus pertenencias, llegando a asesinar a líderes campesinos como Sabino Pupo y Niceto Pérez, por oponerse a las injusticias y reclamar sus derechos ciudadanos.

Para satisfacer los intereses de terratenientes, latifundistas criollos y representantes de compañías norteamericanas, los cuerpos armados y organizaciones paramilitares como los Tigres de Masferrer, eran capaces de secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer a cualquier persona, incluyendo menores de edad.

Al mismo tiempo, en la capital, la Policía Nacional con su tenebroso Buró de Investigaciones, el Servicio de Inteligencia Militar (SIM) y el Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC), cuyos jefes y oficiales mantenían estrechos vínculos con sus homólogos norteamericanos, desarrollaban constantes operaciones represivas contra las diferentes organizaciones revolucionarias que se oponían al régimen de oprobios que imperaba en la nación.

Los jefes y oficiales del Ejército Nacional eran entrenados en la denominada Escuela de las Américas que el Ejército de Estados Unidos mantenía en áreas aledañas al Canal de Panamá, donde los militares de distintos países latinoamericanos actualizaban sus conocimientos sobre las más modernas técnicas de persecución, torturas e interrogatorios, para quebrar la voluntad de los líderes sindicales, los movimientos estudiantiles, los partidos, y las organizaciones revolucionarias que se oponían a las injusticias de los gobiernos de turno.

Era muy practicado por la Policía el allanamiento de imprentas, redacciones de periódicos, estudios de pintores y escultores, oficinas de partidos políticos, organizaciones estudiantiles y obreras, donde rompían las maquinarias, quemaban los archivos, destruían las obras de arte y los libros, y ametrallaban a sus trabajadores. También era frecuente la violación de la autonomía universitaria, en cuyas aulas irrumpían constantemente los esbirros de la tiranía destruyendo todo lo que encontraban a su paso, buscando información sobre los dirigentes estudiantiles que actuaban desde la clandestinidad.

El Embajador de Estados Unidos en La Habana se inmiscuía en los asuntos internos de la nación, cuando solo correspondía a las instituciones cubanas encontrar la solución adecuada a sus problemas. Con la existencia de la ilegal base naval impuesta en la bahía de Guantánamo tomaron auge los bares y los prostíbulos. Más tarde surgieron las playas destinadas a las familias más acaudaladas y los clubes exclusivos a disposición de la alta burguesía, donde proliferaban los juegos de azar, las apuestas, el tráfico de drogas, la pornografía y la prostitución, todo controlado por organizaciones gansteriles que formaban parte de una sociedad donde reinaban la violencia y la corrupción administrativa y política.

Los principales recursos de la nación como la electricidad, el combustible, el gas, la telefonía, las escuelas privadas, las clínicas, el transporte público, los centrales azucareros, las minas, las mejores tierras, los bosques, las principales fuentes de agua, los hoteles, los cines, los teatros y los edificios de apartamentos, entre otros inmuebles, se encontraban en manos privadas y no respondían a las necesidades y las posibilidades económicas de las amplias mayorías.

En los barrios de nuestra capital muchas familias humildes solo podían utilizar cocinas y planchas de carbón para preparar sus alimentos y sus ropas, como no poseían refrigeradores estaban obligadas a comprar piedras de hielo y al carecer de radios y televisores sus hijos tenían que acudir a los del vecindario.

El 2 de diciembre de 1956 se produjo el desembarco del yate Granma cerca de la playa Las Coloradas, en la provincia de Oriente, el 13 de marzo de 1957 tuvo lugar el ataque al Palacio Presidencial y la emisora Radio Reloj, y el 5 de septiembre de ese mismo año se desencadenó el alzamiento de Cienfuegos, tres acciones en las que cayeron heroicamente muchos jóvenes como Juan Manuel Márquez, el líder universitario José Antonio Echeverría y el oficial de la Marina de Guerra batistiana Dionisio San Román, entre otros.

Un proceso de luchas caracterizado por las acciones clandestinas del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo en las ciudades y los victoriosos combates librados por el Ejército Rebelde a lo largo de 1957 y 1958 en la Sierra Maestra, que fue coronado por la invasión de Oriente a Occidente encabezada por los comandantes Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara, y que condujeron a la huida del tirano y sus principales colaboradores y a la definitiva libertad alcanzada bajo la dirección de nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz el 1ro de Enero de 1959.

El presente que construimos

El 13 de abril de 1959, la revista Carteles volvió sobre el tema de la crítica situación existente en las zonas rurales y señaló que el alimento fundamental de las familias campesinas era a base de arroz, frijoles y viandas, que solo el 11 por ciento tomaba leche, que apenas el cuatro por ciento comía carne y solamente un dos por ciento consumía huevos, por lo que su alimentación tenía un déficit de más de mil calorías diarias, con la ausencia de vitaminas y minerales fundamentales. Añadió que el 14 por ciento de los obreros agrícolas padecía de tuberculosis, el 13 por ciento había pasado la tifoidea y que el 36 por ciento confesó que estaba parasitado, lo que significaba que el porcentaje era mucho mayor.

Pero la Revolución cubana ya había comenzado a cambiar la situación del país con el apoyo de más del 92 por ciento del pueblo, según datos publicados por la revista Bohemia.

Ese mismo pueblo alcanzó la victoria en Playa Girón el 19 abril de 1961, apoyó al Gobierno Revolucionario durante los acontecimientos ocurridos en torno a la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, derrotó a las bandas terroristas de alzados en 1965, y continuó participando decisivamente en el enfrentamiento de nuestras fuerzas armadas y los órganos de seguridad a las infiltraciones de grupos terroristas armados procedentes de la Florida, los ametrallamientos de lanchas piratas contra objetivos en nuestras costas, los ataques aéreos contra centrales azucareros y cañaverales, las agresiones contra embarcaciones pesqueras y buques mercantes, los actos terroristas contra objetivos económicos y sociales, los planes de asesinato contra nuestros principales dirigentes, la guerra económica y la guerra biológica.

Constituyeron procesos ejemplares y sin precedentes en Cuba la movilización voluntaria y permanente de la juventud durante la Campaña Nacional de Alfabetización en 1961, la Batalla por el Sexto Grado y por el desarrollo de programas de estudios técnicos en 1962, el apoyo a las zafras azucareras, las recogidas de café, la Escuela al Campo en 1965 para impulsar la producción agrícola, la incorporación en los años 70 a los Destacamentos Pedagógicos, a la Columna Juvenil del Centenario y el Ejército Juvenil del Trabajo, y a otras tareas relacionadas con el desarrollo agrícola, científico, técnico e industrial y la construcción de obras sociales.

En materia de justicia e igualdad social la Revolución Cubana produjo un cambio radical en favor del pueblo. Bastan solo unos pocos ejemplos.

Las mujeres reciben sin costo alguno una esmerada atención especializada desde las primeras semanas de embarazo y disfrutan de un minucioso tratamiento asistencial hasta el momento del parto y durante los primeros meses de la vida de sus hijos, que son vacunados contra trece enfermedades.

Todos los niños cubanos desde que comienzan su paso por la enseñanza disponen de un sistema educacional gratuito que abarca desde la primaria hasta la universidad.

Es común que los hijos de un obrero o un campesino estudien en la misma escuela que los de un dirigente del Partido, del Estado o del Poder Popular a cualquier nivel, de un oficial de nuestras instituciones militares, un científico, un técnico, un intelectual, un deportista, un artista o un músico. Todos los ciudadanos sin excepción pueden acceder a los mismos niveles de instrucción sin distinciones ni privilegios de ningún tipo.

Contando con estos antecedentes, los cubanos continuamos defendiendo nuestro proceso revolucionario, para garantizar que en Cuba no exista ningún tipo de discriminación ni por el color de la piel, ni por la creencia religiosa, ni por la preferencia sexual o las riquezas acumuladas. Para que no existan el “tiempo muerto”, los asaltos armados a bancos, el lavado de dinero, la trata de blancas, el comercio de órganos, ni la explotación laboral de menores de edad. Para que no existan estudiantes desaparecidos, ni asesinatos políticos.

Para que no haya prisiones donde los reclusos sean maltratados, convivan hacinados, sin alimentación adecuada ni atención médica, y sean objeto de la violencia de sus carceleros, sino que funcionen como establecimientos correccionales donde las personas que infringen la ley sean tratadas como seres humanos, tengan la oportunidad de trabajar y estudiar para transformarse en ciudadanos decentes y puedan reincorporarse a la sociedad.

No queremos que nuestros compatriotas mueran en las calles víctimas de enfermedades curables, de un sistema de salud que solo atiende al que puede pagar excesivas sumas de dinero y donde los servicios especializados que se prestan en los hospitales privados constituyen un negocio como otro cualquiera.

Tampoco queremos decenas de partidos políticos que no solucionan los principales problemas del pueblo y afectan la unidad de la nación ni abogados corruptos que respondan a los intereses de la burguesía.

El nuevo escenario

Durante los sesenta años transcurridos han sido cumplidas numerosas misiones internacionalistas por médicos, enfermeras, técnicos y paramédicos que a riesgo de sus vidas han contribuido a la felicidad de otros pueblos enfrentando los daños humanos causados por terremotos, ciclones, inundaciones y deslaves, y epidemias como el paludismo, la malaria, y el ébola, por solo citar algunos ejemplos. Nuestra emblemática Brigada “Henry Reeve” creada por Fidel constituye un ejemplo de esta obra inmensamente humana.

En la actual coyuntura económica, política y social, cuando nuestro pueblo se enfrenta a una pandemia como la Covid-19 cumpliendo todas las medidas de protección establecidas por el Ministerio de Salud Pública, cuando el bloqueo económico, comercial y financiero y la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton arrecian en todos los frentes, cuando la Oficina de Control de Activos Financieros (OFAC) continúa imponiendo sanciones a los bancos y las instituciones de otras naciones que mantienen relaciones financieras con nuestro país, y cuando el Gobierno de Estados Unidos trata de frustrar el arribo de buques con petróleo para nuestro pueblo, los cubanos cerramos filas y sacamos el extra que nos ha caracterizado en otras circunstancias también muy difíciles y adversas. En el cumplimiento de nuestros deberes laborales, en una adecuada disciplina social, en el fortalecimiento de la unidad nacional y en el fomento de nuestra solidaridad con otros pueblos, está la clave para continuar alcanzando futuras victorias.

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí