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Por Ernesto Estévez Rams

He estado leyendo diversas ideas que se debaten de manera a veces dispersas, a veces más concentradas, sobre la existencia o no de un discurso legítimamente de derecha en Cuba. Esas lecturas me han inspirado a soltar algunas reflexiones de alguien que sin ser científico social, tiene suficiente inquietud como para meter la cuchareta atrevida y exponer algunas cavilaciones maduradas de manera más o menos feliz.

La emergencia de lo reaccionario en Cuba hoy

En la discusión sobre la emergencia de nuevos (viejos) discursos en el país ha faltado abordarla desde una perspectiva que rebase lo meramente político. Esa reducción me parece impuesta por el enemigo por sentirse más cómodo en un debate que quede superestructural y no vaya a temas más de fondo.

Me pregunto en qué medida la emergencia de nuevos discursos reaccionarios es consecuencia de la emergencia de nuevos actores internos y de la invasión de otros que vienen desde afuera, fundamentalmente los Estados Unidos y que portan las ideas de una burguesía, ahora, cubano-americana pero que como ha sido siempre en Cuba, es clientelar de la imperial yanqui. Toda clase genera su propia intelectualidad orgánica y sus propias ideologías. En ese sentido, pudieran ser discursos legítimos de cara a un sector emergente interno que buscan representar. De cualquier modo esos discursos buscan rabiosamente legitimarse sobre la base de que reflejan aspiraciones de un sector de cubanos que como tales tienen derecho a voz y voto en el escenario nacional.

Pero los discursos reaccionarios no se reducen solo a ese y en ese conjunto hay una diversidad que no puede ignorarse.

Las rebeldías impostadas

Para comenzar, se trata de reconocer que detrás de determinadas defensas, la más de las veces enfermos de incontinencia emocional, aparentemente sectoriales ya sea por su carácter gremial o de otro tipo, lo que en realidad se defiende es determinado medio de sustento, es decir de paga, que se realiza, no ya al margen de lo sancionado “oficialmente”, sino erigido en contraposición a este como premisa para que se realice. En ese sentido son rebeldías impostadas en la misma medida que siguen la lógica de “no morder la mano que te alimenta” y, dando un paso más, a morder aquello que te sugiere, implícita o explícitamente, la “mano que te alimenta”.

Pero si el hecho fuera así de sencillo, desmontarlo sería casi un ejercicio de curso, en realidad el fenómeno es más complejo. La primera, y principal, paradoja de este particular escenario es que se basa en un engaño reiterado que acaso trastoca roles o más bien, traslada el peso con sesgo injustificado principalmente a un solo actor. En la complejidad económica de la sociedad cubana, y debido a sus particulares conyunturas y contextos, así como a su carácter de tránsito incompleto, no hay una mano que te alimente, sino varias cuyos pesos son concretos en cuanto a realización objetiva en la reproducción material del individuo, pero que cargan también un peso simbólico, un tipo de fetichismo y es en este último donde se da batalla desde lo ideológico, reflejo de la batalla subyacente que apunta al primero.

Por un lado el estado socialista garantiza a tabula rasa un nivel de satisfacción material y asistencial insuficiente pero esencial, que abarca desde un salario, hasta servicios que no recarga sobre el individuo, como la educación (incluyendo no solo la escuela sino su logística, que comprende múltiples aspectos como construcciones, transportación, vestimenta, libros y otros utensilios, alimentación, y un larguísimo etc), salud (incluyendo no solo lo directamente asistencial sino otra vez toda su logística como el costo de los instrumentos médicos, medicinas, reactivos, vestimentas, alimentación para los hospitalizados, ambulancias, y otro larguísimo etc), la asistencia social (que no se reduce a los pensionados), la subvención sobre los alquileres de la mayor parte de las viviendas del país, subvenciones sobre servicios básicos de agua, electricidad, transporte público, etc.

Hay otra dimensión de esa reproducción material y asistencial con clave socialista, que se suele pasar por alto, y es el conjunto de disposiciones jurídicas y de otros tipos que garantizan la seguridad individual y social de que esa reproducción alcance a todos y que seguirá existiendo.

Leyes que codifican la no exclusión de nadie al acceso de estas garantías. Para citar solo unos pocos ejemplos, leyes contra desalojos, incluyendo las variantes más estrictas como las que protegen a las mujeres con hijos; leyes de protección al embarazo y la familia y que se extiende a la madre y el padre; leyes de protección laboral con todo un sistema de justicia laboral conformado sobre la base participativa de los propios trabajadores, etc. Todo esta compleja red de reproducción económica socialista (y en muchos casos con visos comunistas) constituye la base sobre la cual pueden erigirse otros actores económicos que, sin embargo, en buena medida, pretenden arrebatar el protagonismo simbólico en la sociedad.

Los ingresos que ofrece a un asalariado el sector privado de la economía, ya sea interno o externo, tienen capacidad de garantizar un estatus económico y social superior al del resto porque se levanta sobre la hegemonía socialista de reproducción económica de nuestra sociedad. Si la reproducción económica del individuo descansara solo sobre su ingreso desde el sector privado, la presión sobre este último, dado que el socialismo en Cuba ha establecido una vara altísima para lo que se considera una satisfacción adecuada, sería abrumadora.

El fetichismo simbólico o engaño, si se prefiere la última palabra, es otorgarle al ingreso de fuentes privadas el origen de la prosperidad individual, y despojar de todo papel en esa prosperidad a la parte de reproducción socialista que sin embargo, en términos objetivos, es la que carga con el peso fundamental. La paradoja aquí radica en que la sociedad representada por el estado socialista no te condiciona en términos ideológicos o políticos o de otro tipo, esa reproducción que ella garantiza. El individuo no tiene que dar batalla diaria y constante por defender esa parte, mientras si tiene que luchar día a día las condiciones que le aseguren el ingreso de las otras formas de reproducción. Y es en la defensa de esas condiciones que le imponen las otras formas, que pueden erigirse y se erigen, discursos reaccionarios, ya sea de manera consciente o no, si ellos son puestos como condicionamientos por esa forma de sustento.

Luego lo reaccionario en Cuba no es solo lo que se conforma desde una plataforma política abiertamente contrarevolucionaria, ya sea en sus actores históricos o en los relevos de estos, sino que hoy se conforma también desde una lógica, que es relativamente nueva, de reproducción económica otra. Esa nueva forma de mercenarismo, y lo es en un sentido muy real, no la abordamos lo suficiente a pesar de que, en términos potenciales, quizás sea la amenaza más importante que tiene nuestro proyecto socialista en cuanto construcción cuya superioridad se da aún más en el plano ideológico que en el económico.

Un buen ejemplo de ello lo vemos en algunos, que no todos, de los que se contratan en Miami viviendo en Cuba. La parte no escrita de ese contrato pasa, y ellos lo saben, por determinados condicionamientos. Los que están dispuestos a cumplir con esas cláusulas implícitas, no solo se abstienen de cualquier denuncia a lo “de allá”, sino que estructuran un discurso en Cuba que complazca o al menos no moleste al empleador de la Florida. La crítica entonces no se vuelve un ejercicio orgánico a las propias convicciones, sino parte del cumplimiento de las condiciones contractuales tácitas.

Un escandalito llamativo de vez en cuando es la pimienta que los valoriza y además, ingrediente aprovechable en la entrevista o aparición pública, para el chiste o la cancioncita de oportunismo en los espacios de trabajo que tienen allende los mares cubanos. Critican las supuestas o reales ventajas que goza un funcionario, todos según ellos burócratas, pero callan aquellas ventajas que otorga ese mismo estado y que les favorece. Más aún, callan las críticas a las prebendas que les otorgan si se pliegan a las condiciones que les imponen quienes más pagan. Sobran los ejemplos recientes harto conocidos de convenientes gritos y silencios.

Esa actitud se acompaña con una defensa a dentelladas contra toda crítica en Cuba que les haga peligrar su particular status quo, que les garantiza aprovechar además, no solo los derechos, sino las prebendas que gozan en el país.

La defensa de la libertad de expresión, tan cara para ellos en cuanto a Cuba, y tan olvidable en la Florida, es en realidad la defensa de su particular contrato dual, con el estado socialista por un lado y con el empleador miamero por el otro. La articulación colectiva de la defensa a esa forma particular de mercenarismo habla de que su peligro rebasa ya lo meramente anecdótico e individual, y comienza a ser un parteaguas cuyo momento de definición se da constantemente cuando precisan tomar conciencia de sí mismos, y la realidad objetiva los obliga a determinar el bando que militan en esta batalla que sigue siendo en el fondo una batalla de clases.

Pero, con el mismo origen, hay otro discurso reaccionario menos evidente y que se erige en un discurso orgánicamente de derecha aunque se disfrace. Es esa ideología que, en una supuesta defensa de la prosperidad individual, dice defender la “liberación de las fuerzas productivas” pero sólo la ve como promoción de lo privado en contraposición al estado socialista, que no es otra cosa que la defensa, otra vez, de la hegemonía de la componente privada en la reproducción económica. Ese discurso esconde la pretensión de secuestrar a ese sector para sus fines de desarticulación erigiéndose como defensores de ellos, mientras esconden que es precisamente el estado, con su hegemonía de reproducción y distribución socialista, su mejor garante, cuando lo privado se inserte como forma complementaria de nuestra reproducción económica.

Se escamotea que en nuestro socialismo las MiPYMES se están planteando, no como una forma de precarizar más aún la fuerza de trabajo, situación objetiva de la mayor parte de estas en el capitalismo, sino como un instrumento que mantenga la dignificación del ser humano, mientras se acepta el reto de diseñar cómo éstas se vuelven orgánicas a nuestro esfuerzo de desarrollo socialista.

Dejémonos de fraude, «¡A privatizar!» no es precisamente la piedra filosofal sobre la que se erigen sociedades justas. Y la economía vista al margen del ser humano, y su satisfacción colectiva e individual en términos materiales y simbólicos, es la peor de las tecnocracias.

Viviendo bajo el engaño simbólico descrito anteriormente, puesto a competir en su imaginario, la parte estatal con la privada, la última se lleva la soga sin que sean capaces de reconocer, insisto, que su ventaja falsa es resultado precisamente de la existencia objetivamente hegemónica de la primera.

Toda ideología contraria a la Revolución es funcional al imperialismo

Pero ese discurso reaccionario no es un discurso de armisticio dispuesto a convivir con el estado socialista. Como toda ideología, su función está condicionada ya sea por la reproducción del poder que sustenta, o el logro de la toma del poder en caso de no tenerlo. Ninguna ideología fuera del poder es ideología de equilibrio, y evoluciona en busca de acumular fuerzas suficientes que le permitan ese asalto al estado que no los representa. Eso en el caso cubano es aún más evidente porque, necesariamente, toda ideología contraria a la Revolución es funcional al imperialismo, cuyo objetivo único es la derrota de esa Revolución, un aspecto escamoteado por incómodo en los discursos reaccionarios que se pretenden de “izquierda”.

En el plano ideológico saben que necesitan desestructurar el discurso revolucionario sin hacerlo evidente, porque resulta muy difícil convencer de que se ha de renunciar a la parte de reproducción material y asistencial que garantiza el socialismo. Por eso erigen entelequias donde presentan como armonizadas la posibilidad de una hegemonía económica capitalista en el país (las más de las veces sin usar el término y bajo otros nombres), que según ellos liberarían las fuerzas productivas, y seguir garantizando lo que el socialismo garantiza.

Pero esa entelequia ideológica reaccionaria y de derecha, en todo el sentido de la palabra por más que se disfrace, no necesita justificarse hasta demostrar su operatividad, sino que basta justificarse solo hasta el punto en que reafirme el engaño que porta. Por eso anda por las ramas, en las costuras de lo ambiguo, sin dibujar bien sus contornos para impedir su refutación. Se basa en construir una ilusión que, como no se sostiene de cara a la realidad evidente en nuestro entorno geográfico, dominado por el capitalismo depredador más ramplón y crudo, huye de las contextualizaciones, ya sea apelando a un carácter exclusivo de la realidad cubana, o importando, como sostén a su fraude, escenarios capitalistas idealizados de otras geografías, como las europeas, como posibilidades reales para el país.

Claro está, lo extraordinario de la sociedad cubana es precisamente su socialismo y esa exclusividad se perdería en cuanto el poder sea tomado por lo contrarevolucionario, para tornarnos otra nación más, supeditada al sistema capitalista-mundo, a la hegemonía imperial, con todas sus consecuencias económicas y sociales. Ya para entonces, poco importa que la ilusión se revele como estafa, no habrá marcha atrás, y lo reaccionario no necesitará justificarse en términos de lo posible, sino que bastará el cansado argumento de lo inevitable de ese orden de cosas y su carácter de única opción viable.

Es importante que entendamos que este discurso reaccionario no se da sobre la base de proponer un retroceso a etapas históricas pretéritas. En su arsenal ideológico usan el pasado selectivamente para instrumentalizar las partes convenientes en la construcción de la ilusión-engaño, pero proponen una especie de huida hacia adelante arropando su construcción en un supuesto avance respecto a lo actual. Eso lo hacen de diversas maneras de acuerdo a la heterogenidad de sus fuerzas, y lo vemos bajo las más variopintas denominaciones, o incluso “apolitizando” la propuesta sin meterse a etiquetearla, una especie de empirismo aideológico.

Si hemos de ser serios en este análisis, tenemos también que incluir algo que compañeros como Iramís Rosique han apuntado con razón en varias ocasiones: el discurso reaccionario es también posible desde actores estatales.

Aquí, como lo veo, hay dos ópticas fundamentales que se complementan. Una es común con los fenómenos que afectaron al socialismo europeo que realmente existió, el de la URSS, donde fuerzas de restauración capitalista surgieron y evolucionaron desde dentro del aparato estatal, en un funcionariado que primero fue resultado del propio sistema (en su estructuración económica y política), y por tanto orgánico a él, y que su dinámica de reproducción ampliada nunca fue limitada de manera efectiva, hasta que sus intereses no cupieron en el sistema y apostaron por reventarlo.

La Revolución no es una lista de “logros”

Otra es también resultado de la debacle del socialismo que realmente existió, pero no es resultado de la corrupción sino del derrotismo que asume tácitamente que nuestro destino no es crear, somos incapaces de ello, sino es asumir modelos de otros, ya sea soviético, o ahora chino, ruso o vietnamita. Su variante más derrotista es que el socialismo fracasó, y por tanto buscan, incluso desde la honestidad, la solución a la particular coyuntura del país también en una transformación hacia un “capitalismo benévolo” que mantenga la estructura política del estado. La Revolución no es una lista de “logros” trasladable o necesitados de ser salvados al transitar a otros escenarios. Es un sistema de reproducción económica y social a la cual le es inherente la búsqueda y realización de la mayor cuota posible de justicia económica, política y social para la mayoría.

Se promueve dejar de buscar la salida económica en otras posibilidades inexploradas del socialismo, y reducirlas a adaptar soluciones de mercado exclusivamente. Es un discurso reaccionario. Lo común en ello es repetir que Cuba debe imitar tal o cual modelo pero poco oigo decir, en este discurso, que Cuba debe crear su propio modelo de desarrollo y que sea socialista aún cuando se nutra de otras experiencias.

No se me escapa que se pudiera aducir que hay una tercera óptica reaccionaria que es la del inmovilismo nostálgico. A pesar de que es la más cacareada por la contrarrevolución militante y otros, realmente no la veo hoy como una fuerza de peso dentro de las que considero posibles desde dentro del estado.

Pero si intentamos analizar la realidad solo en claves de clases nos perdemos una parte esencial del análisis que se hace imprescindible en nuestras sociedades periféricas. Martínez Heredia insistía en la simultaneidad del triunfo de liberación nacional con la toma del poder clasista en Cuba. Esa simultaneidad no fue común en otros procesos de toma de poder clasista. En la Rusia zarista la toma de poder no constituyó a la vez el fin de una supeditación a poderes imperiales externos, la Rusia de entonces era su propio imperio. En Cuba la mezcla entre la lucha en términos de clases y la lucha de preservación de la soberanía nacional no pueden ser separadas. Patria y Socialismo o Muerte es la consigna que lo resume. Todo discurso que intente separar la soberanía nacional del socialismo es también reaccionario. La pretensión de apuntar la posibilidad de que puede existir patria, en el sentido de realización plena de la soberanía, sin socialismo es otra ilusión-engaño en el contexto concreto geopolítico e histórico de la nación cubana.

En términos de nación-estado en Cuba siempre han pugnado tres fuerzas, una radical por independentista, una anexionista y otra reformadora-autonomista. Y es a la tercera a la que quiero hacer referencia, si vemos el autonomismo como una ideología de la insuficiencia, que en el fondo se alimenta de la inevitablidad de la supeditación, entonces la sacamos de su definición original en el marco de la colonia para traerla actualizada al hoy. Ese autonomismo de hoy, al igual que el de ayer, pretende situarse equidistante de las dos posiciones que califica de extremas. Su propuesta, también de ilusión-engaño, es que es posible construir una sociedad “plural” en el marco estrictamente político, que tenga espacio para todas las fuerzas y corrientes que en armonía pujen por una supuesta democracia total.

Al igual que uno de los discursos reaccionarios ya descrito, este tampoco necesita demostrarse como viable, basta que se dibuje como ilusión posible apelando a todo un bagaje histórico, filosófico y político, muy desarrollado ya sea en clave conceptual posmodernista y que ha adquirido múltiples nombres, uno de los últimos el de Tercera Vía. Apela a una instrumentalización sesgada de la historia de las ideas cubanas en función de legitimar dicha construcción estafadora. Le basta además invocar un ecumenismo romántico en clave de grandes frases universales como amor, fraternidad, conciliación, convivencia, diálogo, tolerancia.

La realidad es que, negadora del carácter totalizador de toda clase fundamental, plantean un equilibrio que, cuando se ha dado, siempre ha sido inestable e inevitablemente termina en un rompimiento de la aparente simetría hacia uno de las partes en pugna. Antípodas de su propio cascarón retórico, su realización es todo lo contrario a las grandes frases que agita en su discurso público. Solo la Revolución socialista garantiza la fraternidad, la conciliación, la convivencia, el diálogo y la tolerancia más plural en base a la hegemonía de la justicia económica y social para la mayoría, única base posible para su realización más plena.

¿Qué proponen en realidad?

En una Cuba posrevolucionaria solo habría el diálogo de la hegemonía capitalista, por esencia excluyente en términos económicos y en términos políticos. En consecuencia, la tolerancia esencial será la de la explotación de una minoría sobre una mayoría depauperada; la convivencia será la de los pocos ricos al lado de los muchos pobres, sin que estos últimos se pongan majaderos; la fraternidad hegemónica será la que se dé en los espacios exclusivos de la burguesía, sus clubes, sus escuelas privadas, sus hospitales privados. Y detrás de todo ello vendrá un discurso abrumador que nos venderá la idea de que hemos logrado la anhelada conciliación de todos en base a un amor … clasista. El mismo amor que teníamos antes de 1959, el mismo amor que observamos en nuestro entorno regional, cuyas desigualdades son las más grandes de todo el planeta.

En nuestro caso concreto, otra vez no podemos perder de vista que la imposición de una correlación abrumadora de fuerzas a favor de la Revolución dentro, es lo único que permite contrarrestar la abrumadoramente desfavorable correlación de fuerzas de la Revolución en el escenario de afuera.

Todo intento de pretender la supuesta necesidad de una sociedad que establezca un equilibrio y armonía de fuerzas dentro del país, escamotea de la ecuación esa realidad de agresión imperial que condiciona todo en nuestra sociedad. Decir que es posible una democracia total sin apellidos en el contexto cubano, puede hacer todos los malabares retóricos que quiera, pero al final del día tiene que lidiar con la realidad concreta de que, en Cuba, la organización social clasista se hace en primer lugar de cara a una burguesía imperial externa, como aliado o como enemigo.

La Revolución existe como realidad viable en la medida que logra imponer, en primer lugar por el consenso social de la mayoría, pero también por otras formas inevitables de imposición, esa correlación interna abrumadora a favor de su proyecto. Quizás algunos deberían despertar a la realidad que aquí el equilibrio nunca ha sido con otras fuerzas internas sino contra fuerzas externas. El entrelazado entre luchas de clases y liberación nacional sigue siendo la función de estado de la realidad cubana.

Este análisis debería continuar por los derroteros de qué estamos haciendo y de qué hacer, pero ya este texto es demasiado largo. Me abstengo de concluir lo que aún son ideas al vuelo. Sí tengo la certeza de que se necesita un debate desde la Revolución que busque profundidad y no se quede en lo anecdótico, esto último tan de moda. Un debate que rebase el escenario estrecho de ideas impostadas al que nos quieren reducir para evitar lo realmente liberador en estos momentos. En Cuba hoy, el debate radical en el sentido martiano, no es el de la legitimidad del liberalismo burgués disfrazado de arlequín como tradición republicana. Nuestro debate sigue siendo el de la contraposición entre capitalismo y socialismo, que subsume el debate entre soberanía y supeditación neocolonial. Es un debate donde Calibán sigue siendo el portador real de lo civilizatorio como liberación humana, mientras los nuevos Prósperos, no pueden dejar de ser los escribas sentados del orden barbárico de un capitalismo que todo lo convierte en mierda.

Tomado de CubaDebate

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