Operaciòn Carlota
Operaciòn Carlota

Por Germán Veloz Placencia

La bandera cubana no se puede relegar a un sitio oculto. Por eso era visible en el pecho del joven. Estaba adosada a la chapilla de identificación que los combatientes llevan colgada del cuello durante las acciones combativas. Allí era barricada que amortiguaba, por instantes, las convulsiones del entorno bélico existente en el sur de Angola, en mayo de 1988.

«Tengo 19 años y soy de Palma Soriano, Santiago de Cuba», dijo. Ya se había identificado como José Antonio Peña Almarales, integrante de una unidad en operaciones en la zona. Sentado bajo un árbol, se tomaba un breve descanso. Sobre el muslo de la extendida pierna derecha descansaba su fusil akm. Admitió que había estado inmerso en los recuerdos de Cuba, familiares y amigos, todo eso mezclado con la lacerante idea de la posibilidad de sucumbir,  por el impacto de balas o fragmentos de agazapadas  minas, o tal vez por cualquier otro ardid de la muerte, siempre insaciable en la guerra.

«Deseo volver a encontrarme con mi gente y tengo muchos planes. Pero si la suerte no me acompaña y caigo, mi bandera seguirá ahí, pegada al pecho», confesó, para ponerse de pie, despedirse con amabilidad y perderse detrás de un vehículo blindado. Desde el otro extremo del carro, un compañero, joven como él, lo invitaba a probar un apetecible pan elaborado en campaña, en un barril, que a modo de horno, apenas sobresalía de la tierra.

LOS CASSPIR  NO SON INVENCIBLES

También tenía 19 años el avileño Mario Manuel Figueroa cuando formó parte de una patrulla de exploración en el sur del territorio angoleño, donde las fuerzas militares del régimen del APARTHEID y aliados de Namibia penetraban con aires de impunidad.

En esa oportunidad, participó en una acción combativa en las inmediaciones de Donguena, en la que, junto a sus compañeros, vistió armadura de héroes. El grupo dañó severamente tres carros blindados marca Casspir, destruyó uno y capturaron otro, al tiempo que hizo prisionero a un sargento sudafricano herido, quien posteriormente fue trasladado a Cuba, donde recibió la más esmerada atención médica.

Conservo su relato en una de las viejas libretas de notas que utilicé en la nación africana, a la que el oficio me condujo para narrar  algunos episodios de la heroica epopeya internacionalista cubana: «Dos veces habíamos salido con la misión de determinar la composición del enemigo, pero solo encontramos huellas. El día del combate, de acuerdo con la decisión del jefe, desde el amanecer organizamos una emboscada en forma de l en un sitio de probable paso de los blindados, cosa que se produjo sobre las tres de la tarde.

«El lugar era correcto, pero el enemigo vino por la espalda nuestra. No sabía que estábamos allí, en pozos de tiradores, y la decisión fue reorganizarnos enseguida. Cuando llegaron a unos cien metros de nosotros, escuchamos hasta sus voces; creo que eran órdenes. Tan pronto los carros estuvieron a la distancia de tiro de los rpg -7 (lanzacohetes), se abrió fuego. En medio del combate, un vehículo avanzó y pasó sobre mi posición. Me protegí todo lo que pude y, cuando la rebasó, seguí disparando. Ya estaba herido».

En la violenta refriega también fue herido Juan Alberto Calzadilla Peña, un muchacho campesino de Banes, Holguín. Un proyectil de fusil g-3 le rompió en tres partes el labio superior. También perdió varios dientes y una porción de encía. Así lo encontré en un hospital de campaña en Lubango. En ese instante tenía 20 años y lo animaban intensos deseos de vivir. 

Por segunda ocasión nos vimos en Holguín, el 1ro. de mayo de 1989. Al concluir el desfile de los trabajadores, el general de cuerpo de ejército Abelardo Colomé Ibarra, Héroe de la República de Cuba, le impuso la Medalla al Valor «Calixto García». Un coronel, envuelto en la emoción y la solemnidad, leyó la disposición estatal sobre el otorgamiento de la alta condecoración. Todos miraban al rostro del muchacho. En él lleva el decreto de valentía que le certificó la guerra.

Hubo un tercer encuentro. Fue en una casa donde cada madero recordaba el apego de la familia al campo. A esas alturas, en sus sencillas camisas de vestir, exhibía la Orden Camilo Cienfuegos. Era uno de los pocos que a su corta edad la había merecido.

ZAPADORES JUNTO A LAS LÍNEAS FÉRREAS

También en mayo de 1988, en un sitio del sur angolano, el soldado Luis Enríquez Frías, de la provincia de Granma, revisaba cuidadosamente un tramo ferroviario sobre el que  correrían vagones repletos de proyectiles y pertrechos.

Como cualquier distracción resulta invariablemente mortal para todo zapador, hubo que esperar largo tiempo para intercambiar con el joven de 20 años y conocer, entre otras cosas, de su orgullo por Edilberto, el hermano tres años mayor, quien había cumplido la misión internacionalista en Huambo, en una unidad de infantería.

Ante la pregunta acerca del número de misiones cumplidas y la complejidad de estas, respondió sin petulancia: «Deben ser más de 20. No las cuento, pero sí me cuido mucho ¡Las minas se las traen!»

Ha pasado el tiempo y no puedo olvidar qué tan vertiginosa amalgama de sucesos violentos ensambló a esos  jóvenes. El destino, las circunstancias y los valores morales, les permitieron encarar retos y temores. En ellos, lo épico era cotidiano. 

Tomado de Granma

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