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Por: Pedro Etcheverry Vázquez,Luis Rodríguez Hernández

Entre 1959 y 1961 en actos terroristas se reportaron 23 asesinatos y 37 heridos vinculados a la alfabetización y la enseñanza.

El 22 de abril de 1960 durante una comparecencia por televisión nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro convocó a la juventud cubana a integrarse al Movimiento de Maestros Voluntarios para enseñar a leer y escribir a todo el que lo necesitara.

Entre los miles de jóvenes que dieron el paso al frente uno de tez negra llamado Conrado Benítez García procedente de una familia muy humilde, que se encontraba estudiando en el Instituto de Segunda Enseñanza de Matanzas, tomó la decisión de incorporarse a esta hermosa tarea.

Había nacido el 18 de febrero de 1942. Era hijo de Diego Benítez y Eleuteria García. Su padre trabajaba como obrero de la construcción y su madre era ama de casa. Vivía con su abuela paterna María Luisa López, en la calle San Francisco No.58, en el barrio de Pueblo Nuevo, en Matanzas. Durante la niñez se había ganado la vida como limpiabotas, al arribar a la adolescencia trabajaba de madrugada en una panadería y de día se superaba culturalmente. Era conocido como un joven serio, respetuoso y honrado que disfrutaba del cariño de sus familiares y vecinos.

Fue enviado al campamento El Meriño en Minas de Frío, en Oriente, donde comenzó a recibir la preparación requerida para cumplir la misión y fue de los primeros en subir el Pico Turquino.

El 29 de agosto en el teatro Auditorium (hoy Amadeo Roldán) fue efectuada la graduación del Primer Contingente de Maestros Voluntarios, ocasión en que Fidel hizo la clausura.

En septiembre, al finalizar el curso, Conrado fue ubicado en la Sierra Reunión, Comunidad 24, colindante con la zona de Gavilanes, en el caserío La Sierrita, perteneciente a la Sierra del Escambray.

Allí, el campesino Virgilio Madrigal le ofreció dos locales en un aserradero. En uno preparó un aula para enseñar a leer y escribir a 44 niños procedentes de familias campesinas y en el otro instaló su dormitorio. Durante los próximos meses se enfrascó en su noble labor como maestro voluntario y en los horarios de descanso colaboraba con los campesinos en sus tareas habituales. Era un joven muy querido por los niños.

El 29 de diciembre de 1960 un mensaje cifrado del agente de la Agencia Central de Inteligencia Ramón Ruisánchez y Piedad (Comandante Augusto) designó a Osvaldo Ramírez García jefe de todas las bandas de alzados en el Escambray.

Con la indicación de sembrar el pánico entre la población campesina y frustrar los planes de desarrollo económico y social en la región, la CIA tenía el propósito de desestabilizar la situación interna en Cuba, lo que sería utilizado como pretexto para justificar ante la opinión pública internacional una intervención militar, movilizando unos mil quinientos emigrados cubanos que recibían un riguroso entrenamiento en campamentos habilitados al sur de la Florida y en Guatemala.

Pero Ramírez estaba ansioso por cometer un hecho terrorista que se sintiera en todo el territorio nacional y trascendiera hacia el extranjero, con el propósito de fortalecer su imagen como jefe de todas las bandas existentes en el Escambray. Sabía que así podría garantizar que continuara recibiendo financiamiento y suministros bélicos.

A principios del año 1961 la CIA impartió indicaciones de que los alzados se mantuvieran inactivos en toda la región del Escambray, desde Topes de Collantes hasta la costa y no realizar acciones que atrajeran a las Fuerzas Armadas.

Con esta decisión trataban que Ramírez pudiera recepcionar tranquilamente el primer cargamento de armas que el 6 de enero le enviaría la CIA por vía aérea, como parte de una denominada Operación Silencio que incluía otros cinco sobrevuelos, con los que pretendía abastecer a las bandas de alzados antes que se produjera la invasión que preparaban.

En horas de la tarde del 4 de enero, al regresar de sus vacaciones los jóvenes Conrado Benítez García y Magaly Olmos López se encaminaron hacia sus respectivas aulas rurales en el Escambray, para reincorporarse a sus deberes. Antes que cayera la noche la muchacha decidió quedarse en casa de un campesino, pero Conrado optó continuar su camino. Estaba ansioso por ver la reacción de sus alumnos cuando vieran los juguetes que les había comprado.

Al anochecer, cuando Conrado iba a entrar en su dormitorio fue sorprendido por varios alzados fuertemente armados que lo comenzaron a insultar, lo golpearon salvajemente, le ataron las manos a la espalda y se lo llevaron con rumbo desconocido.

Después de un largo y tormentoso recorrido desde La Sierrita hasta Las Tinajitas, en San Ambrosio, Trinidad, tras caminar una larga distancia atravesando montañas, arribaron al principal campamento de los alzados en el Escambray.

Conrado fue introducido en una rústica jaula forrada de malla y alambre donde ya se encontraba el campesino Eleodoro Rodríguez Linares (Erineo). Ambos prisioneros representaban los cambios que estaban teniendo lugar en la región: la alfabetización y la reforma agraria. En su encierro fueron objeto de innumerables ofensas y vejámenes, pero se mantuvieron firmes en sus principios revolucionarios, lo que ofendió a sus captores.

Al poco rato Osvaldo Ramírez se acercó a la jaula y le prometió a Conrado que si se incorporaba a sus efectivos le perdonaría la vida, pero el joven maestro respondió con entereza que jamás abandonaría a sus pequeños alumnos, y mucho menos cuando más lo necesitaban.

El cabecilla no dijo una palabra más y abandonó el lugar visiblemente disgustado por la firme decisión del joven maestro. A medianoche, escribió una nota en cuyo texto se traslucía el comportamiento de un hombre lleno de odio que además de ser asesino, era racista y anticomunista, y donde aseguraba el próximo ahorcamiento del maestro.

Durante la madrugada Reinerio Perdomo Sánchez uno de los hombres que se encontraba en aquel campamento, se acercó a la jaula sigilosamente para que el hombre que estaba de guardia no lo detectara. Pudo observar que a Conrado le corría un hilo de sangre por el rostro a causa de los golpes recibidos anteriormente. En tono muy bajo se dirigió a los dos prisioneros y les manifestó su disposición de abrir la puerta para propiciarles la huida.

Conrado trató de tranquilizarlo expresando que dada su condición de maestro no le harían daño. Erineo prefirió callar. Ninguno de los dos podía imaginar que el individuo que trataba de ayudarlos en realidad era Cabaiguán, un agente de la Seguridad del Estado, que actuaba de manera encubierta dentro de aquellas alimañas, para conocer sus planes y facilitar su captura.

La breve conversación fue interrumpida por el bandido que cubría la posta más cercana, y Cabaiguán tuvo que retirarse. Durante el resto de aquella fría madrugada no pudo conciliar el sueño pensando en lo que pudiera ocurrir al día siguiente.

Al amanecer del 5 de enero la situación en el campamento de aquellos bandidos era muy tensa. Como expresión de la brutalidad que lo caracterizaba —y olvidando las indicaciones que había recibido de no cometer ningún hecho que atrajera a las Milicias— Osvaldo Ramírez ordenó sacar de su encierro a los dos prisioneros.

Inmediatamente se formó una suerte de “tribunal” integrado por Merejo Ramírez, Jesús Hernández y Leonel Martín, ninguno con la preparación profesional para impartir justicia, y se representó un diabólico “juicio” en el que tres bandidos acusaron a los prisioneros de ser comunistas, presentando como supuestas pruebas que Erineo había sido combatiente del Ejército Rebelde y el carnet de maestro de Conrado. Los prisioneros no tuvieron la oportunidad de exponer sus argumentos. Cuando consideraron que la puesta en escena había concluido, concluyeron un acta mecanografiada y los miembros del “tribunal” la firmaron.

Al mediodía, cuando Osvaldo Ramírez conoció que las Milicias se encontraban en la zona de Ciego Ponciano y avanzaban rápidamente sobre San Ambrosio, decidió abandonar el campamento e impartió la orden de matar a los dos prisioneros.

Alrededor de la una y media de la tarde se ensañaron con Conrado y después de martirizarlo tirándole piedras al rostro y pinchándolo con cuchillos y bayonetas, cuando ya se encontraba en muy mal estado, el bandido Macario Quintana Carrero (Pata de Pancha) extrajo un cuchillo afilado y le cortó los genitales. Acto seguido, al verlo agonizante, en medio de un espectáculo dantesco, le colocaron un lazo en el cuello, pasaron la soga por encima de la rama de un árbol, y lo bajaron y subieron en varias ocasiones hasta que la víctima quedó exangüe. Después Erineo también fue ahorcado.

Al cabo de unos minutos el alzado Idael Rodríguez Lasval (El Artillero) mató a uno de sus propios compinches, porque había sido víctima de un repentino ataque de pánico al presenciar la crueldad con que habían sido asesinados aquellos dos hombres indefensos. Su cadáver apareció al día siguiente cerca de los cadáveres de Conrado y Erineo.

Inmediatamente Osvaldo Ramírez y sus seguidores pusieron pies en polvorosa para evitar un enfrentamiento con las Milicias.

Unas horas más tarde Fidel se presentó en el lugar de los hechos y escuchó el testimonio del agente Cabaiguán. Al analizar la situación, decidió operar sobre la zona de San Ambrosio y acertó, porque allí se encontraban los asesinos en espera del anunciado lanzamiento de armas.

Fuerzas combinadas del Ejército Rebelde y las Milicias operaron en esa región, causándoles varias bajas a los bandidos, y ocupándoles documentos en los que trascendía su subordinación a la CIA y la composición de las bandas. El 6 de enero los veinte paracaídas lanzados desde un avión C-47 fueron ocupados por los milicianos con el apoyo de varios campesinos.

Algún tiempo después, encontrándose fugitivo, el alzado Mirio Pérez Venegas reveló a otro agente de la Seguridad del Estado los detalles de lo ocurrido aquella tarde.

“En el campamento parecía que había una fiesta esa noche. Los dos presos fueron situados en una especie de granero de malla y como de dos metros de alto. Todos le hacíamos coro al corral y le tirábamos piedras, escupías, le decíamos palabrotas obscenas, hasta que llegó Osvaldo y le dijo a Conrado Benítez: ‘Si te unes a nosotros te perdono la vida’.

“Pero aquel hombre, a pesar de estar todo magullado por los golpes respondió que ante todo era revolucionario y que no traicionaba a su pueblo, que podían hacer con él lo que quisiéramos… Vea, decirle eso a Osvaldo en su propia cara… Ya tú sabes, se llenó de ira y nos ordenó que el día 5 de enero fuéramos todos para donde se encontraban los comunistas para que lo viéramos en acción.

“Te repito, aquello parecía una fiesta, primero sacaron a Conrado Benítez, que con una soga al cuello tenía que caminar aprisa para no ser arrastrado, a la vez que todos los allí presentes le dábamos con palos y le pasábamos los cuchillos. Cuando estuvo debajo de la mata escogida para su ejecución, la soga se pasó por un gajo, los ojos del brigadista miraban a su alrededor como preguntando si nosotros éramos animales. Las piedras y los pinchazos no cesaron un momento, hasta que Osvaldo dispuso que haláramos la soga. El cuerpo fue suspendido y bajado en varias ocasiones como si fuera un muñeco, hasta el final de su vida en que lo dejamos arriba. No obstante estar bien muerto, Osvaldo ordenó que lo siguiéramos pinchando y apaleando.

“Después de eso le tocó el turno al campesino. Se trajo en iguales condiciones. A Eleodoro Rodríguez le hicimos lo mismo que al brigadista, encabezados por Osvaldo que siempre era el primero en torturar y halar la soga. Como te cuento Danilo, en todo eso yo participé directamente. Me tengo que ir de Cuba de cualquier forma, si me coge el G-2 me la arrancan.”

Este acto terrorista levantó una espontánea ola de indignación y fervor patriótico y revolucionario en todo el pueblo, que se manifestó inmediatamente en la disposición de miles de jóvenes para partir de inmediato hacia los llanos y las montañas, organizados en las Brigadas “Conrado Benítez” constituidas en honor del maestro asesinado para llevar a cabo la Campaña Nacional de Alfabetización.

El 23 de enero de 1961, en el acto de graduación del Segundo Contingente de Maestros Voluntarios que se celebraba en el teatro de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), Fidel pronunció un discurso en el que dio a conocer, que más de veinte efectivos de la banda de Osvaldo Ramírez habían sido capturados y que ya habían sido ocupados el carnet del maestro asesinado y el acta firmada por los bandidos.

Después refiriéndose a Conrado añadió: “No era hijo de un terrateniente, no era hijo de un industrial, no era el hijo de un gran comerciante; este joven no iba a Miami, este joven no iba a París, este joven no tenía Cadillacs, era un hombre joven de dieciocho años solamente que sólo conocía del sudor honrado, que solo conocía de la pobreza […] un maestro jovencito que enseñaba cerca de Sancti Spíritus a 44 niños campesinos […] era pobre, era negro y era maestro.

“Ese es el fruto de las campañas anticomunistas, […] es decir, que han convertido el crimen en su conducta, han inventado la justificación, y en ella —el anticomunismo— se basan para perpetrar este bárbaro hecho.

“Pero como el desenlace ha  de ser inevitablemente el triunfo de los que quieren educar, y la destrucción de los que quieren asesinar maestros. Como las fuerzas del pueblo, apoyadas en su derecho y en su razón, son mil veces superiores a las fuerzas de los criminales y de los mercenarios, ya veremos cómo enseñamos hasta el último analfabeto, y ya veremos cómo aniquilaremos hasta el último criminal contrarrevolucionario.”

Los participantes en este horroroso suceso pagaron con su vida por el delito cometido. Osvaldo Ramírez resultó muerto el 16 de abril de 1962 al tratar de huir de un cerco de las Milicias, Julio Emilio Carretero fue capturado en marzo de 1964 mediante la Operación Trasbordo y sancionado a la pena de muerte. Igual suerte corrieron Macario Quintana Carrero (Pata de Plancha), Aquilino Zerquera Conesa (Tito) y Ruperto Ulacia Mustelier (Gurupela). Los demás resultaron muertos en distintas operaciones militares.

En la Campaña Nacional de Alfabetización participaron 34 772 maestros y profesores voluntarios, 120 632 alfabetizadores populares, 13 016 Brigadistas “Patria o Muerte” procedentes del sector obrero y 105 664 estudiantes de las Brigadas Conrado Benítez (jóvenes de 12 a 18 años), que contaron con el apoyo de las organizaciones políticas y de masas, y con la colaboración del campesinado. En menos de un año aprendieron a leer y escribir un total de 707 212 personas, quedando sin alfabetizarse solamente aquellos que no estaban en condiciones debido a su avanzada edad o a causa de alguna enfermedad.

El 22 de diciembre de 1961, en la Plaza de la Revolución, en La Habana, ante una enorme concentración popular y en medio de una interminable ovación nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.

En ese conmovedor instante, en cada rincón de nuestra patria y en el corazón de todos los cubanos estaban presentes Conrado Benítez y todos los compatriotas que dieron su vida en tal noble empeño.

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