POR: GIUSETTE LEÓN GARCÍA

Llevamos meses repitiéndolo, pero en estos días, es cuando ya podemos llamarles vacuna a dos de nuestros cinco candidatos vacunales; mientras nos llenamos de orgullo al conocer sus índices de efectividad.

Ahora que no es chovinismo ni especulación decir que nos estamos inmunizando con una de las cuatro mejores formulaciones  del mundo (Abdala: 92,28%) y crecen las espectativas por los resultados de Soberana 02 cuando entre en el estudio la tercera dosis; en estos momentos, lo confirmamos: más que una vacuna es un país, pero valdría la pena, además, ponernos a pensar ¿qué país?

La respuesta corta sería: Cuba. Una un poco más extensa y poética: la isla del Caribe donde un soñador de verdeolivo se propuso firmemente que el futuro fuera de hombres (y mujeres) de ciencia. Pero hay una respuesta mucho más larga y también necesaria, que no niega las anteriores, sino las complementa.

Más que una vacuna, es un país, este país, el de las colas para el pollo, el de la escasés, donde a duras penas se intenta enderezar la pirámide socioeconómica. Es el país de los coleros y los revendedores, de las tiendas en MLC, el del pan de harina de maiz, el de los apagones a veces, en el que no alcanza el salario y los productos «se pierden» porque «la cosa está mala».

Es un país más que una vacuna ¿el del «invento»? Un poco sí, para resistir. El país de la siguaraya y el caguairán, el de la resiliencia. El que camina todo el tiempo sobre un campo minado y a cada paso explota alguna bombita de ingratitud o resentimiento, pero no sé detiene, no se rinde. El país donde unos cuantos mercenarios montan shows mediáticos, mientras la mayoría puja por salvarse de una epidemia y otros demonios. 

El país que se lleva en el alma a cualquier rincón del planeta y desde allí se sigue amando, por el que algunos pedalean para tender puentes de amor, mientras otros vienen, como las peores astillas del mismo palo, rompiédolos a golpe de odio.

Es el país con la «prensa independiente» mejor pagada del mundo (Y con moneda dura, que cobran de la mano del enemigo declarado del propio país). Más que una vacuna es un país, el que salvó un crucero lleno de ciudadanos británicos ante lo cual la British Broadcasting Corporation (BBC) se hizo de la vista gorda, sin embargo, dedicó un texto entero a poner en duda la pertinencia de la estrategia cubana de vacunación contra la COVID 19.

El país que, en plena pandemia, ha sido víctima de políticas y medidas cada vez más duras para asfixiar una economía ya debilitada por 60 años de bloqueo económico, financiero y comercial de los Estados Unidos.

Es el país que presenta, cada año, pruebas contundentes ante las Naciones Unidas sobre las pérdidas y afectaciones que esas sanciones provocan en todos los aspectos de la vida de su pueblo y sale de la Asamblea General, invariablemente, con el apoyo casi unánime de la comunidad internacional, pero con la prepotencia imperial atravesada en la garganta, contra todo sentido de justicia y humanismo.

Es el país del humanismo más incondicional. El que ha enviado médicos  a donde más duele el mundo: Haití después de un huracán, Pakistán después de un terremoto, África enferma de ébola, Italia cuando vivía la peor crisis sanitaria por la Covid 19 (son solo algunos ejemplos de una lista enorme).

Y ese país, que es la suma y la combinación de todo lo dicho y un poco más, es donde viven y trabajan los científicos a los que les agradecemos estas vacunas que hoy prometen salvarnos la vida. ¿Lo hemos concientizado? Ellos son el resultado de un sistema que ha invertido en educación gratuita y universal, aunque le cueste; que ha apostado por el capital humano contra viento y marea. De la voluntad aquella de que el futuro de Cuba fuera un futuro de hombres (y mujeres) de ciencia.

¿Estamos claros de que las carencias, las colas, el estrés, las limitaciones de recursos, no perdonan las casas ni los laboratorios donde viven y trabajan los genios que hoy aplaudimos con razón? ¿Será que entendimos que la proeza es doble porque esta hecha a base de perseverancia y talento más que de presupuestos y recursos? Estaría bien homenajearlos a la hora de amasar el pan diario, atender a un cliente o reparar el alcantarillado de un barrio. Hace poco, en una cola, escuche una sentencia que me pareció sabia: «menos mal que los científicos cubanos sí tienen ganas de trabajar». Yo diría también: menos mal que piensan como país.

Ojalá todos los que nos proclamamos orgullosos de nuestros científicos y de nuestras vacunas seamos conscientes de que ellos no existen en una dimensión paralela, sino en esta, en la del bloqueo y la de la resistencia. Ellos viven y trabajan bajo los efectos del más largo y cruel bloqueo al que haya sido sometido pueblo alguno en la historia.

Existen en esta dimensión en que trabajar es el único modo de seguir construyendo una nación Soberana y donde el único camino es el de Abdala: defender a la patria. 

Tomado de CubaSi

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