Luego de los fracasos cosechados a finales de los 90 e inicios del nuevo milenio, a partir del año 2004 el enemigo reagrupó fuerzas y se lanzó con todo contra Cuba. Sin embargo, la idea de la administración de George W. Bush de obtener una pronta victoria, mediante una política de extrema dureza, fracasó, y tuvieron que repensar su estrategia.

Aumentaron progresivamente los fondos destinados a ser administrados por la Usaid, sobre todo, para formar a nuevos líderes y brindar soporte tecnológico y entrenamiento a grupos integrados por artistas, periodistas, blogueros, mujeres, jóvenes, afrocubanos, etc; «para que expresen sus puntos de vista, y abiertamente desafíen al Gobierno».

En esta estrategia desempeñó un papel destacado el Instituto Republicano Internacional (IRI). En el panfleto Acelerar la transición a la democracia en Cuba, el IRI traza, por ejemplo, entre sus objetivos fundamentales, el propósito de brindar a grupos afrocubanos acceso a las tecnologías de la información.

Asociados subcontratados por el IRI recibieron la misión de mantener contacto directo con las redes en la Isla y completar y enviar las listas de los receptores de «ayuda» al personal del Instituto, así como coordinar las entregas de recursos a través de viajeros.

Según planteaba la Usaid, «en la actualidad, cuando las restricciones de propiedad de teléfonos celulares y computadoras han sido levantadas, es menos probable que estos implementos sean confiscados por las autoridades aduanales cubanas, en especial, si los emisarios no son ciudadanos estadounidenses y el receptor no es un reconocido disidente».

Un análisis simplista de los proyectos del IRI y de la Usaid puede conducir a pensar, como dice la contrarrevolución e intenta sostener el Gobierno de EE. UU., que no hay nada de malo en traer teléfonos celulares, medios de comunicación y apoyo en cuanto a la organización y construcción de redes.

La verdad es que esas actividades se realizan de forma clandestina, con grandes medidas de ocultamiento. Si ese Gobierno tuviera intenciones reales de apoyar a los cubanos a acceder a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, de forma más amplia y barata, solo tendría que suspender el castigo económico, la guerra contra nuestra economía que cumple ya más de 60 años.

Pero este no es el sentido de esa «colaboración» encubierta; su fin es construir, desarrollar y financiar una contrarrevolución interna, que permita, a corto o mediano plazos, crear una situación de inestabilidad o de aparente inestabilidad que justifique la agresión militar y la ocupación de Cuba.

Atizar odios racistas, dividir, trasplantar problemas propios de EE. UU. a Cuba, puede parecer absurdo a muchos cubanos, pero hay que conocer que ese enemigo trabaja sobre nuestras deficiencias, 

sobre nuestros errores y carencias e intentan repetir tácticas que le fueron muy efectivas en otros escenarios.

Poco lograron avanzar en estos años, a pesar de la temible fuerza agrupada y la inmensidad de recursos comprometidos en esta empresa. Millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses destinados a derrotar a la Revolución, enriquecieron a inescrupulosos mercaderes de la contrarrevolución, a quienes nada importa el futuro de su pueblo.

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí