por David Pavón-Cuéllar

1. La ineficacia de un milagro

No es con una gestión ejemplar de la economía con lo que un gobierno de izquierda puede protegerse de los embates del capital, del imperialismo y de sus representantes en la derecha neoliberal y neofascista. El golpe en Bolivia fue contra un régimen admirado en el mundo entero por sus indicadores económicos insuperables, por su prodigioso crecimiento sostenido, por el constante flujo de inversiones en el país y por su drástica disminución de la miseria. Si todo esto no evitó el golpe, fue sencillamente, como bien lo ha notado Atilio Borón, porque el régimen de Evo Morales no cumplió con lo decisivo, porque no traicionó a su pueblo, porque no se puso al servicio de los intereses de quienes habrían de preparar y ejecutar el golpe.

Se confirma lo que Marx ya sabía y por lo que Lacan lo respaldó en su crítica del idealismo hegeliano: lo que reina en la historia es el interés, la pulsión, y no la necesidad ni la razón.

De nada sirve respetar la supuesta racionalidad económica y plegarse a sus pretendidas necesidades implacables cuando se contradice la voracidad acumulativa y destructiva del capital. Es en el juego capitalista, en su contingencia y en su irracionalidad, en donde todo se decide para quienes deciden respetar las reglas del juego.

2. La maldición del oro blanco

Hay riquezas tan grandes y tan importantes que no pueden ser puestas en riesgo. No pueden ser dejadas en las manos de la humanidad ni de ningún pueblo, sino que deben ser totalmente poseídas, administradas y explotadas por el capital y por sus representantes.

Es el caso de los mayores yacimientos de litio del mundo, los de Bolivia, con más de veinte millones de toneladas prácticamente inexplotadas.

El litio es el componente esencial de las baterías de teléfonos móviles, computadoras portátiles, cámaras digitales y automóviles eléctricos. La transición de los motores de combustión a los impulsados por electricidad hace que este metal cobre una relevancia estratégica sólo comparable a la del petróleo. Al igual que naciones petroleras como Venezuela o Irak, países con litio como Bolivia se están convirtiendo en presas y botines para corporaciones transnacionales y para potencias imperialistas como Alemania y Estados Unidos.

Los grandes poderes económicos y políticos no pueden ya permitirle a Bolivia pertenecerse a sí misma. No pueden ya consentir que siga creyéndose el cuento del fin del colonialismo, que proceda como un país independiente, que se considere dueña de su litio, que se beneficie de su propiedad soberana, que disponga libremente de él y que decida los términos de su explotación y comercialización. Todo esto es demasiado y fue precisamente lo que intentó hacer el régimen de Evo al atreverse primero a rechazar al gigante estadounidense Tesla de baterías de litio, luego a firmar contratos con empresas de China y Alemania y finalmente a cancelar su contrato con los alemanes unos pocos días antes del golpe.

¿Cómo no entender que el golpe haya sido precipitadamente celebrado por Steffen Seibert, el portavoz del poder ejecutivo de Alemania, y que haya provocado un aumento considerable del precio de las acciones de Tesla

El capitalismo y el imperialismo tuvieron éxito, como siempre, a costa del pueblo y de la democracia. Perdieron los bolivianos, pero también los demás, incluso los que se imaginan haber triunfado. El sujeto sólo puede perder cuando gana su amo.

3. La telaraña de la desinformación

Resultado de imagen para golpe de estado en Bolivia

El capital puede usurpar la soberanía popular al subjetivarse, multiplicarse y transformarse en una masa de actores de redes sociales operados automáticamente por unos cuantos empleados remunerados o incluso por complicados programas informáticos. Varios expertos han mostrado cómo decenas de miles de cyborgs y bots procedieron coordinadamente en Bolivia y desempeñaron un papel determinante en el golpe, lo facilitaron, lo justificaron, lo disimularon y lo presentaron como una revuelta popular contra el supuesto fraude electoral, además de valerse de informaciones apócrifas y montajes fotográficos para desacreditar a Evo, acusándolo de corrupción y vinculándolo con el narcotráfico. Estas onerosas acciones de entes virtuales, junto con las ilusiones y mistificaciones producidas masivamente por CNN y por los demás gigantes mediáticos, despliegan una realidad paralela en la que han atrapado a innumerables ingenuos dentro y fuera de Bolivia.

Las multitudes reales han caído en la trampa.

Se han dejado influir, persuadir y arrastrar no sólo por los periodistas pagados por el capital, sino por masas ficticias creadas por el mismo capital y por quienes lo encarnan. Tenemos aquí una ilustración elocuente del proceso capitalista de alienación y fetichización, bien descrito por Marx, en el que las cosas triunfan sobre las personas, lo muerto sobre lo vivo, el vampiro del capital sobre aquel en quien hunde sus colmillos.

El sujeto se abandona. Cede totalmente sobre su deseo al ceder su lugar al capital con su goce, con su posesión por la posesión, que es lo único representado por los significantes articulados a través de los bots y cyborgs. Estos significantes no lo son en el estricto sentido lacaniano de la palabra: no representan evidentemente a ningún sujeto para los demás significantes.

Los entes virtuales tienen tan poca representatividad como los nuevos gobernantes de Bolivia.

Unos y otros únicamente representan al capital y no al pueblo.

No hay aquí ningún régimen realmente democrático.

4. Golpe de quinientos años

El combate actual por la democracia burguesa neoliberal, puramente formal y legalista, puede ser al mismo tiempo un combate a favor del capital y contra el pueblo, contra el poder popular, contra la democracia real fundada en la igualdad. Este combate se ha puesto de manifiesto en Bolivia. El golpe contra Evo, como bien lo ha señalado García Linera, se ha dado contra “la democracia entendida como igualación y distribución de riquezas”.

El golpe ha sido contra las conquistas realmente democráticas, distributivas e igualadoras, del gobierno de Evo: contra el acceso universal a la salud y a la educación, contra la presencia de indígenas en el gobierno, contra la reducción de la extrema pobreza del 38% al 15%, contra la disminución de la pobreza del 60% al 36% y contra el aumento de la clase media del 35% al 60%. Se trata de un golpe contra la igualdad y contra los derechos de los indígenas. Lo que buscan los golpistas es el restablecimiento de los privilegios de las élites blancas y mestizas, es decir, una recolonización que reinstaure las jerarquías raciales y que revierta el proceso de emancipación de los quechuas, de los aymaras y de los demás pueblos originarios.

Blandiendo biblias y crucifijos, quemando la wyphala y maldiciendo a la Pachamama, los golpistas son como espectros caricaturescos de guerreros de la corona española que reaccionan contra la tardía e inacabada independencia de Bolivia.

Repiten a su modo la conquista y la evangelización.

Los evangelizadores se han convertido en grotescos evangélicos, los caballos en ruidosas motocicletas, las armaduras en chamarras de cuero negro con decoraciones metálicas, los crueles conquistadores en cobardes motociclistas, las espadas en palos para golpear a las mujeres de polleras. Las víctimas continúan siendo indígenas, pero ahora son predominantemente mujeres.

El machismo y el racismo son inherentes a un capitalismo indisociable del patriarcado y del colonialismo. Subyacen también a la blanquitud simbólica, a la forma subjetiva capitalista noreuropea elucidada por Bolívar Echeverría, que se ha sustituido a lo real de la blancura biológica de los conquistadores del sur de Europa. Los españoles han sido suplantados por sus descendientes, por hombres tan machos como ellos, pero ahora productos del mestizaje cultural.

Resultado de imagen para golpe de estado en Bolivia blanco y negro

Son los nuevos militantes de la ultraderecha latinoamericana y específicamente boliviana.

Son mestizos étnicamente indios o blancos o híbridos, tal vez desgarrados entre las posiciones de lo blanco masculinizado y de lo indígena feminizado, quizás también acechados por las sombras de la antepasada violada y del ancestro violador, pero haciendo lo posible para virilizarse y blanquearse, intentando en vano desindigenizarse, avergonzándose de sus rasgos o de sus actitudes indígenas y violentándose tontamente a sí mismos al ejercer violencia contra las indígenas.

Las fotografías de los conquistadores bolivianos apaleando y humillando a mujeres indígenas resultan sin duda profundamente dolorosas, pero también tienen un aspecto estúpido, absurdo, ridículo. Marx observaría que la tragedia se repite como farsa. Freud insistiría en que se repite, en que sigue repitiéndose una y otra vez como una manera de recordarla, evocándose con los actos lo que no puede rememorarse en la conciencia.

Nosotros latinoamericanos debemos reflexionar seriamente sobre nuestra colonización para ya no repetirla, para dejar de recolonizarnos, para no seguir sometiéndonos una y otra vez a los grandes capitales y a las potencias imperialistas precedidas por biblias y crucifijos.

5. La época de nuestras definiciones

Al menos ahora tenemos la certeza de encontrarnos en la trama histórica. Se están dejando atrás el fin de la historia, la corrección política, la tolerancia universal, el imperativo centrista, los prejuicios contra la radicalidad, las coartadas relativistas, la exaltación de la tibieza, el pensamiento único y la metanarrativa posmoderna con la que se proscribía cualquier otra metanarrativa. 

Los discursos vuelven a enfrentarse unos con otros.

Ya no se acepta ninguno que intente situarse por fuera de los demás y dar cuenta de ellos. Hay un rechazo generalizado hacia cualquier pretensión intelectual de un metalenguaje en la política. Hemos visto que palabras como las de Rita Segato sobre el golpe en Bolivia resultan hoy inadmisibles e incluso intolerables.

Resultado de imagen para golpe de estado en Bolivia blanco y negro
 El general Luis García Meza Tejada. Su régimen fue el último instaurado en Bolivia con un golpe de Estado… hasta ahora.

No se tolera que Segato se permita en estos momentos planear tranquilamente por encima de la historia, criticar fríamente a Evo y responsabilizarlo de su caída con argumentos “rigurosos” y “filigranados”. Estos argumentos son repudiados por mujeres indígenas que le reprochan a Segato su “retórica” y su “regodeo intelectual”. Su lucidez crítica se delata de pronto como arrogancia, narcisismo e irresponsabilidad ante muchos de sus antiguos admiradores. Los mismos que antes la seguían ahora deploran su postura que les parece gris, indefinida, inconsecuente, de espaldas al pueblo, subida en un pedestal intelectual, sin empatía por las víctimas, por encima de las luchas populares, más allá del bien y del mal.

Pareciera que ya no es el momento de Segato. Quizás debiera callar. Como diría Lacan, “mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”. Es aparentemente lo que no puede Segato cuando se obstina en despreciar el binarismo de quienes denunciamos el golpe en Bolivia.

Tenemos derecho a objetarle a Segato que lo binario es la realidad social e histórica en la que nos encontramos.

Esta realidad es la que nos exige tomar posición a favor o en contra del golpe. Nuestro posicionamiento no implica la simplificación de una situación compleja, sino una visión de conjunto que nos permite apreciar las tensiones y las contradicciones que dividen al mundo, que siempre lo han dividido, pero que ahora lo hacen de manera particularmente visible.

El mundo está dividido y hay que reconocerlo como tal y tomar partido.

Hay que saber posicionarse. Hay que distinguir y elegir en cada momento entre Allende y Pinochet, entre Micheletti y Zelaya, entre Cristina y Macri, entre Lenín Moreno y Rafael Correa, entre Lula y Bolsonaro, entre Jeanine Áñez y Evo Morales, entre López Obrador y aquello que lo precedió, entre la clase dominante y la dominada, entre la izquierda y la derecha, entre los de arriba y los de abajo, entre el pueblo y la élite, entre el privilegio y el derecho, entre la igualdad y la desigualdad, entre el palo y la pollera, etc.

¿Cómo no estar de acuerdo con Jorge Alemán cuando reivindica una lógica lacaniana de la “elección forzada” contra el “mantra de lo binario” con el que “se pretende borrar y sustituir el momento crucial del antagonismo”? 

Lo cierto es que estamos en un momento del que no podemos huir ni hacia adelante ni hacia atrás ni mucho menos hacia afuera. Nos encontramos en este lugar simbólico, lugar del Otro sin Otro del Otro, y no en una relación agresiva imaginaria de la que sea posible preservarse.

La disensión en torno al golpe en Bolivia no es una simple rivalidad especular que podamos dejar atrás. No brota en una superficie bidimensional superable, atravesable, como la del narcisismo de las pequeñas diferencias, por la que puede haber, por ejemplo, antipatía entre naciones latinoamericanas que tanto se parecen unas a otras.

Lo que nos une y enfrenta en Bolivia es más bien una ineludible contradicción entre posiciones, compromisos y formas de existencia de cada sujeto en América Latina. Cada uno es llamado a tomar posición. Tiene derecho a no hacerlo, desde luego, pero entonces dejará de ser el sujeto de su historia que es también la nuestra.

Dejar respuesta

¡Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí