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El actual punto crítico de la oposición venezolana compromete más todavía la limitada facultad de los sectores políticos más reaccionarios en consolidar un cambio de régimen en Venezuela. El año 2019 cierra para ellos como un nuevo estrepitoso naufragio, aunque en principio tuvieran todas las condiciones para consolidar una deposición del chavismo.

Primero, es evidente la estela de fragmentaciones políticas que ha dejado la fallida gestión de Juan Guaidó, que aunque no ha significado un ejercicio de poder real en Venezuela, sí se ha traducido en el auge de un ímpetu corrupto, que da a entender que la oposición venezolana hoy sacia de manera ansiosa sus aspiraciones de ponerle mano durante años a la cosa pública.

La descomposición política transversal generada en este «todos contra todos» a lo Celebrity Deathmatch por señalamientos de corrupción, suponen el desmantelamiento por mano propia de la Asamblea Nacional, que ha sido para la narrativa y estrategia antichavista su bastión esencial para arengar las presiones internas y la injerencia externa.

Tiene también lugar el fallido «Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) en el exilio», quienes recientemente al tener que elegir a su nueva directiva, fueron centro de diatribas, falta de quórum, apariciones vía Skype, señalamientos de complicidad, corrupción y menesteres afines.

La disputa alcanzó al Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), su principal promotor en el extranjero, quien no tardó en colocarle algo de combustible al conflicto. Almagro se refirió a «malas prácticas de cooptación de poder» en el tribunal fake.

Es sabido que las fragmentaciones y conflictos abiertos entre la oposición venezolana han sido característicos de su idiosincracia durante 20 años. Sin embargo, la gravedad de estos eventos implica para ellos sedimentar toda forma de cohesión política en un momento que para ellos era estelar, y para la política venezolana, inédito.

Se dividen en guerras por intereses, justo cuando más pesan sobre el chavismo las presiones y amenazas más poderosas emanadas desde el Departamento de Estado norteamericano.

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