Foto: Internet

Yo estuve en los funerales de Chávez. No los vi por televisión.

Nadie me contó la historia. Me mezclé entre la gente y a puro empujón llegué hasta el féretro.

Hacía unos minutos el General de Ejército había pasado a rendir honores y el equipo de prensa, entre tanta multitud, se había quedado atrás. Yo nunca había visto a Chávez frente a mí; la primera vez fue allí, inerte.

Me pareció más grande de lo que imaginé, tenía un color feo en su piel, seguro por la enfermedad que lo llevó a la muerte.

Parecía dormir, en medio de tanto llanto. La gente no paraba de llorar, era un lamento interminable.

Llegaban de todo el país y la fila tampoco tenía fin.

Eran familias enteras, cargando con sus hijos y lo elemental para sobrevivir esos días de duelo en Caracas. La televisión no paraba de poner imágenes del líder que había devuelto la esperanza, las ganas de vivir.

Siete años después en mi memoria aún se pasean sucesos de aquel día.

Su mamá, que no tenía consuelo y entre tanta gente llorando a un líder, ella lloraba a un hijo. ¿Cómo se supera eso?

Recuerdo a Bárbara Betancourt, que abrió la compuerta el día que llegamos y no la cerró más. En medio de su dolor, se le acercó Rafael Correa y la abrazó. Otra en su lugar hubiera parado de llorar, ella siguió.

Pero si tuviera que salvar del irremediable olvido algún minuto. No dudaría en apretar a mi sien el instante en que los médicos cubanos, que no se despegaron de la cama de Chávez un solo segundo, se pararon para hacer la guardia de honor. La derrota estaba en cada uno de sus rostros.

Y aunque ya nada estaba en sus manos para espantar la muerte, no había consuelo alguno.

Yo estuve allí. Nadie me contó la historia. Solo un hombre amado podía recibir aquella despedida. Aunque hoy se empeñen en demonizarlo, Chávez se coló en el corazón de la gente, a donde pocos llegan, de donde nadie sale.

No lo conocí, nunca lo tuve cerca. Pero sé que cuando esta isla se hundía, de nuevo por la prepotencia de los del frente, y nadie estiraba una mano para salvarnos, llegó y dijo “qué es lo que necesitan”, sin miedo al escarnio.

Aquella tarde del 5 de marzo, también se le murió un hijo a Cuba.

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