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Los actos de entrega a la lucha por la emancipación de Cuba en una etapa u otra, de una forma u otra, no pudiéramos entenderlos al margen del universo de valores que signó la vida de los hombres y mujeres que participaron en ella. Los valores tienen esa cualidad de constituir uno de los referentes más importantes desde donde las decisiones que tomamos adquieren sentido. Y elijo hablar de ellos justamente ahora, en un momento en el cual el vale todo es la divisa de un sistema que intenta diluir en la liquidez sórdida del capital los valores defendidos por cualquier proyecto de sociedad que intente liberarse de la dominación imperialista.

En estas cuestiones pienso cuando se cumplen 120 años de la muerte de Ana Betancourt. La vida de Ana es conmovedora. Habiendo nacido en una familia acaudalada y contrayendo matrimonio con un hombre que también lo era, no se pudiera entender cómo terminó su casa siendo almacén de armas y hospedaje de mambises, cómo terminó ella misma en la manigua y luego hecha prisionera, expuesta a martirios físicos y sicológicos que quebraron su salud, e incluso, cómo murió en el exilio lejos de su Patria amada, si no se comprende el peso que puede llegar a tener un ideal y la lucha por un proyecto que, en este caso, tenía en la libertad de Cuba, su independencia de España, el derrotero mayor.

No fue Ana la única mujer que abrazó la causa separatista durante la guerra de 1868. Otras cubanas lo hicieron con igual arrojo y heroísmo. Como luego también se unieron a los Clubes Revolucionarios durante la preparación de la gesta de 1895 o, más adelante, se integraron a las filas del Movimiento 26 de Julio, para una vez triunfante la Revolución, apoyar el intenso proceso de transformaciones sociales que derivaron en la construcción de una nueva sociedad. Algunas, lamentablemente, en el curso de esa historia, fueron torturadas o perdieron su vida.

Pero sí fue Ana quien por primera vez alzó su voz por un espacio para la mujer cubana dentro de la República en Armas que nacía, un espacio para el reconocimiento de sus derechos. La revolución no sería suficiente, pensaba, si no se daba un paso más allá, hacia la conquista de la emancipación femenina. Este reclamo es de una importancia extrema y condensa un simbolismo que tiene hoy una gran vigencia. Cristaliza en su voz el férreo deseo de una Cuba libre y, al mismo tiempo, las ansias de un escenario de equidad para las mujeres.

Sin embargo, este proceso de confluencia no siempre se dio. En el libro En busca de un espacio: Historia de mujeres en Cuba, el investigador cubano Julio César González Pagés, documenta cómo durante el gobierno de Gerardo Machado, por ejemplo, algunas de las figuras y grupos de mujeres que tenían una agenda sufragista fueron aliadas «incondicionales» de la dictadura que oprimía a la nación y rendían culto al mandatario, quien había expresado simpatía por el sufragio femenino como estrategia electorera de su Partido para la búsqueda de votos.

No podemos reducir a esta postura la de todas las mujeres u organizaciones con una agenda propiamente feminista durante el periodo neocolonial, en algunos casos, de una importancia innegable para la época, pero era comprensible que cualquier programa fuese limitado de cara a las agudas condiciones de exclusión y vulnerabilidad en que vivían sectores importantes de mujeres en Cuba. Solo una transformación social como la que tuvo lugar con el triunfo revolucionario, podía crear las condiciones para que fuese conquistada una mayor equidad efectiva para las cubanas.

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Históricamente, a escala global, dentro del amplio espectro de movimientos que pudiéramos considerar feministas, han existido posturas alineadas con el capitalismo y sus estructuras de dominación de clase y raza, en la medida en que reivindican derechos que en sociedades excluyentes solo se hacen efectivos para determinados grupos de mujeres, desconociendo el análisis de condiciones estructurales y sistémicas. Para Nancy Fraser, filósofa feminista estadounidense, tendencias dentro del movimiento feminista en la actualidad han terminado involucrándose en una «amistad peligrosa» con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.

No podemos reconocer en cada actitud crítica sobre nuestra sociedad una intención contrarrevolucionaria, pero en el escenario mediático cubano la causa feminista, en ciertas ocasiones, es capitalizada por matrices de opinión subversivas. Liderazgos de opinión en el tema se han construido bajo el auspicio de organizaciones como la Open Society, la NED y la Usaid, e importan las narrativas que promueven estas organizaciones en un intento por desconocer la importante obra de la Revolución en el terreno de la equidad de género.

En entrevista para Granma, la destacada militante feminista Claudia Korol refirió que se trata de un activismo liberal, preferentemente joven, de sectores que enarbolan el discurso de la libertad, en oposición a las luchas colectivas de los pueblos. «Es un dinero invertido en la contrarrevolución –apuntó–, que busca “desprenderse” de sus sectores más rancios, para embanderarse con los colores pálidos de la posmodernidad. Se trata del intento de colonización de las subjetividades y, especialmente, de la manipulación de quienes irrumpen en la lucha política sin memoria de experiencias anteriores. El acceso a las redes sociales, su inmediatez, su impunidad, facilitan estos modos de intervención».

Cimentar la relación singular y compleja entre la lucha por la emancipación de las mujeres y un proyecto de liberación nacional más amplio, que a raíz del triunfo del 59 devino, además, un proceso de transición hacia el socialismo, fue una de las improntas más significativas que tuvo la Revolución desde sus inicios y uno de los motivos que marcó la creación de la Federación de Mujeres Cubanas, como expresión de la continuidad de la encomiable participación de las mujeres en el proceso revolucionario. Finalmente, el sueño de Ana y de muchas otras a lo largo de nuestra historia, encontró las condiciones para hacerse realidad.

No solamente fuimos beneficiarias de los cambios que, de manera general, atravesaban la vida de los distintos grupos sociales, sino que se impuso también una agenda de reivindicaciones feministas. Reconocer el aporte que las mujeres podíamos hacer a la Revolución, no estuvo desligado de concebir la manera en que la Revolución debía aportar mayor equidad a nuestras vidas.

Es por eso que la Revolución Cubana constituye un importante referente para muchos movimientos feministas marxistas, anticapitalistas, populares y decoloniales del mundo. En la misma medida en que el nivel de conocimientos teórico-metodológicos y la cualidad de las prácticas producidas por las feministas que militan en estos movimientos puede constituir un referente importante para las cubanas.

Feminismo de corazón socialista e internacionalista

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La intersección entre las categorías género, raza y clase hace inteligible un campo de cuestiones vitales para nosotras las mujeres, ya que patriarcado, racismo y capitalismo han sido y siguen siendo perversos aliados en la estructuración de las múltiples violencias que hoy laceran nuestras vidas.

No podemos solapar el campo de reivindicaciones y desafíos en materia de equidad de género con la Revolución, pero tampoco podríamos entender un proceso al margen del otro, y mucho menos podríamos considerar a la Revolución enemiga o una limitante, si de conquistar un escenario de mayor equidad y seguridad para las cubanas se trata.

A lo largo de seis décadas se han dado contradicciones entre el carácter emancipador de un proceso que hemos visto avanzar con un espíritu radicalmente progresista y humano desde una perspectiva de clase, y la permanencia de actitudes y representaciones conservadoras en cuanto al género. Ha sido un camino desafiante ir produciendo nuevos enfoques y actitudes, tanto como ir creando las condiciones objetivas para una mayor incorporación de las mujeres en todos los espacios de la vida social.

En ese sentido, hemos conquistado derechos por los que aún hoy los movimientos feministas en otros lugares del mundo lideran importantes batallas, lo cual no quiere decir que en Cuba la profundización de la equidad y la búsqueda de mayor seguridad para las mujeres no tenga grandes derroteros por delante. No tiene rostro el prejuicio y es tan filoso que a todas nos ha atravesado la carne en algún momento de nuestras vidas. Ninguna estamos completamente a salvo del patriarcado y su marca en el imaginario colectivo de la nación. Hoy existen mujeres entrampadas en condiciones de violencia y vulnerabilidad. Es una realidad que no podemos desconocer. Pero, sin lugar a duda, el socialismo favorece y crea posibilidades para llevar hacia adelante una agenda feminista mucho más efectiva.

Que la pauta la sigamos poniendo nosotras, sin subordinación alguna a coaptaciones e intereses foráneos, y sin destruir un proceso que ha favorecido más a las cubanas, en la misma medida en que ha garantizado una nación más justa y soberana. En lugar de indiferencia, empatía; en lugar de derechos y privilegios para unas cuantas, ampliación efectiva de la estructura de oportunidades para todas, voluntad del Estado y políticas públicas para hacerle frente a las vulnerabilidades; en lugar de la negligencia sistémica que impera en otros contextos, trabajo por más equidad y leyes que garanticen impunidad cero ante la violencia; en lugar de machismo, educación con perspectiva de género.

La Revolución dentro de la Revolución que comenzó el 1ro. de enero de 1959, deudora de los ideales de Ana Betancourt, profundicémosla, porque hoy estamos en mejores condiciones de hacerlo y porque no hemos abandonado los valores que han sido la savia de nuestra identidad.

Tomado de Granma

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