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Por NÉSTOR NÚÑEZ DORTA

Si usted es de los que gusta hurgar en la historia contemporánea, debe haber chocado con este juicio de varios “tanques pensantes” norteamericanos: desde hoy y para el porvenir, quien “domine Eurasia dominará el mundo”. Ello implica, en lenguaje redondo, que las fuerzas que se asienten definitivamente en aquellos patios podrán colmar con creces sus apetitos supremacistas…y Afganistán es parte sustancial en esa receta.

La historieta de este bochorno se remonta a  la década de los setenta del pasado siglo, cuando los servicios de inteligencia gringos, sionistas, del resto de Occidente y de varios socios regionales se mancomunaron para derribar al gobierno progresista afgano mediante el fomento de grupos armados dirigidos por varios señores de la guerra. Personajes como el entonces consejero de Seguridad Nacional, de origen polaco, Zbigniew Brzezinski, promovieron desde julio de 1979 la “ayuda masiva a los titulados mujaidines con dos propósitos clave: desbancar a las autoridades nacionales y promover el involucramiento militar soviético para propinar a Moscú “su propio Vietnam”.

En efecto, en diciembre de ese mismo año, las tropas de la URSS cruzaron las fronteras al llamado de Kabul, para enredarse en un conflicto que solo abandonarían nueve años después, en mayo de 1988, con el contento yanqui de haberles hecho caer en la trampa. Para entonces Brzezinski admitía la estrecha alianza de Washington con grupos terroristas como Al Qaeda en el desgaste de los soviéticos y aducía, ante interrogantes de la prensa, que “armar y apoyar a un par de musulmanes fanáticos” bien valía la pena si ello implica golpear severamente al Kremlin.

Sin embargo, hacia 1994 Afganistán había derivado en un virtual reguero de bandas y “señores de la guerra” enfrentados por hacerse del poder, mientras otros “apuros” llegaban a la mesa de la Oficina Oval. El influyente consorcio energético estadounidense UNOCAL, uno de cuyos asesores principales era el afgano-norteamericano Zalmay Khalilzad, ligado estrechamente a la CIA y a la Casa Blanca, demandaba la “estabilización” en Afganistán para poder atravesar el país con sus tuberías petroleras y de gas camino al Océano Indico.

Y en ese contexto, los talibanes, extremistas formados mayoritariamente en las madrasas paquistaníes y fieles amigos de Osama Bin Laden y Al Qaeda, resultaron los escogidos por Washington para la ingente tarea de la “reunificación”. Con fuerza y poder bélico inusitados, los “jóvenes estudiantes” ocuparon de inmediato grandes extensiones afganas, bajo los ojos alegres de los Estados Unidos y sus aliados, solo que tres años después la tarea no había sido cumplida, y la UNOCAL volvía a la carga con sus insatisfacciones. Así, el intento oficial gringo de pretender una autoridad nacional de “coalición” como nueva opción para Afganistán indispuso sobremanera a Osama Bin Laden y los talibanes, que resolvieron morder la mano de sus viejos postores.

Lo demás es sabido: los atentados del 11 de septiembre de 2001, la invasión “antiterrorista” en Afganistán y en buena parte del Oriente Medio y Asia Central, la saga que presumiblemente terminó con la vida del líder de Al Qaeda y dejó intacta la posibilidad de “seguir colaborando” mano a mano con esa entidad y sus ramales en Irak, Libia y Siria, y de promover otras agrupaciones extremistas regionales, como el brutal Estado Islámico…

Irse… pero quedarse

Durante dos decenios las tropas norteamericanas y de sus aliados han estado “haciendo su trabajo” en Afganistán (once años más que los “agresores” soviéticos), y cuando aparentemente comienzan su retiro, el país sigue tan revuelto, trozado e inestable como lo estaba a fines del pasado siglo. Se dice que en ese tiempo más de 100 mil nacionales perdieron la vida y  la economía retrocedió sensiblemente. Mientras, un rosario de violencia ocupa el lugar de lo que debió ser paz y progreso.

El egocéntrico Donald Trump, que prometió en su campaña poner  fin a la “guerras absurdas” de los Estados Unidos por el mundo, tardó sus cuatro años de mandato para finalmente llamar a los talibanes, sin previa consulta con las autoridades de Kabul, con vistas a negociar su retiro unilateral, en un gesto que no pocos identifican con la idea de que todo le será permitido a los antaño preferidos de la Casa Blanca, que de inmediato se han dado a la tarea de atacar capitales regionales, ocupar provincias enteras, y ponérsela bien difícil a los poderes oficiales.

Y no son vanas disquisiciones. Resulta que en estas semanas, y en declaraciones a la página web canadiense Global Research, el señor Lawrence Wilkerson, exjefe de personal del secretario de Estado entre 2001 y 2005, el general Colin Powell, estableció claramente que lo que viene dándose en Afganistán con la pretendida retirada militar norteamericana es solo un cambio en la dirección de la guerra, que ahora apuntará “hacia China, Rusia, Paquistán, Irán, Siria, Irak y el Kurdistán”. Es, precisó, una porfía por el crudo, el agua y la energía en general. Por tanto, la presencia de Estados Unidos en Afganistán va a crecer…no va a disminuir”. Una conclusión nada alejada de las aseveraciones del ministro ruso de Defensa, Serguéi Shoigu, quien aseveró que el movimiento de las tropas estadounidenses hasta ahora desplegadas en Afganistán muestra que no se trata de un “acto firme”, sino de un intento de “echar raíces” en la región de Asia Central.

Conocido es que luego del anuncio de la instrumentación del “programa de paz” con los talibanes, funcionarios de Washington han intentado convencer a naciones fronterizas con Afganistán y exrepúblicas soviéticas asiáticas para que permitan la presencia de contingentes militares en sus respectivos territorios. Por su parte, analistas y estudiosos han coincidido en que, si bien la belicista Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y los propios Estados Unidos reconocen el fracaso de su larga intervención militar en suelo afgano, ciertamente no han abandonado sus planes agresivos y expansionistas en un área de enorme importancia geoestratégica para los vapuleados planes hegemonistas de EE.UU.

Lo cierto es que tras dos décadas de conflicto, la muerte de decenas de miles de civiles, una destrucción material masiva, y mayores niveles de violencia y narcotráfico, constituyen el único legado de Washington y sus aliados para la  triturada población afgana. Y no podemos dejar de reseñar con fuerza que, al decir de medios de prensa internacionales,  “la salida de las tropas estadounidenses se produce en momentos en los que el grupo armado talibán está controlando cada vez más territorio, por lo que es lícito barajar la posibilidad de que los fundamentalistas puedan regresar al poder con la ayuda encubierta de la Casa Blanca” y la presencia adicional en el país de  los derrotados efectivos del Estado Islámico traídos desde Siria por Washington.

Tomado de Bohemia

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