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Caminos que no conducen a Roma: colonialidad, descolonización y contemporaneidad, expo colectiva con la que quedó inaugurada la 14 Bienal de La Habana. Foto: Tomada de Twitter

¿Vas a ir a La Habana? ¿Enviarás obras? ¿Te has puesto a pensar en las consecuencias negativas de ese acto para tu carrera? ¿Qué dirán tus galeristas y marchantes?

Presiones como estas no son productos de la imaginación, sino muy reales. Desde que se anunció públicamente la realización de la 14 Bienal de La Habana, entre el 12 de noviembre de 2021 y el 30 de abril de 2022, se desató una campaña feroz para bloquear la convocatoria.

Si tan solo fuera asunto de un llamado a la no participación porque se está en contra de los postulados del evento, o porque se crea que Cuba no lo merece, nos hallaríamos frente a un posicionamiento estólido, lamentable,  y nada más. El derecho a la negación es, a fin de cuentas, un derecho.

Pero el problema es otro. El bloqueo de la Bienal –utilizo el término por emparentarse inequívocamente con el hostigamiento y la guerra comercial y financiera que los gobiernos de Estados Unidos han ejercido por más de seis décadas contra Cuba– revela una clara matriz política que se inserta en los empeños de los círculos de poder del país vecino y las piezas que mueven dentro de la isla por subvertir el orden y conseguir su añorado cambio del sistema que la mayoría de los cubanos libremente han adoptado.

Véase si no la absoluta coincidencia del discurso mediático de unos (la ultraderecha estadounidense, los terroristas alojados en la Florida, los youtubers a su servicio, los instigadores pagados por agencias federales)  y otros (los que echaron a andar la campaña antibienal) partidarios del bloqueo y la subversión: propalar la idea de que en Cuba impera la represión, la tortura, las desapariciones, la falta de libertades y la censura.

Dicho sea con toda claridad: el fracaso de la Bienal sería tanto una prueba contundente del aislamiento internacional de un régimen ingobernable e insostenible como, en el caso de que se sumaran al boicot los artistas cubanos que residen en el país, de una irreparable fractura interna. Nada de esto ha sucedido ni sucederá.

La Bienal de La Habana y los artistas cubanos siempre han sido blanco de las movidas políticas de los que intentan dar un giro de 180 grados a la realidad de nuestro país. Los servicios de inteligencia estadounidenses en misiones tercerizadas por fundaciones, universidades e instituciones afines han tratado de atraer a creadores mediante invitaciones, becas y premios. Los representantes diplomáticos de esa nación en La Habana indujeron en los artistas que viajaban  por intercambios o tenían promotores en EE. UU. la creencia de que el más mínimo pronunciamiento crítico contra el bloqueo o cualquiera acción anticubana y, por supuesto, la militancia revolucionaria, podían ser obstáculos para la concesión de visas. Quizá pensaron como aquel agazapado oportunista que dijo que en los  artistas e intelectuales se hallaban las partes blandas de nuestra sociedad.

En 2017, la Isla fue víctima del azote de un destructivo huracán que dejó a su paso graves afectaciones, entre estas la infraestructura de varias instituciones culturales. Al año siguiente correspondía efectuar la 13 Bienal de La Habana, pero de común acuerdo con la comunidad artística nacional y con la comprensión de la mayoría de los participantes comprometidos, los organizadores decidieron aplazar el evento. Aquello fue el acabose para un grupúsculo que ya por entonces enseñaba la oreja peluda de su visceral alineamiento con la subversión: lanzaron la llamada 00Bienal, bajo el pretexto de que la Bienal era de los artistas, que no se había contado con ellos para su posposición. Totalmente falso. Los organizadores consensuaron con la comunidad artística el aplazamiento y un año después, bajo la divisa La construcción de lo posible, la 13 Bienal se realizó. Quedó en evidencia entre los 00 –literalmente, salvo contadas excepciones, doble ceros sin peso alguno en la vanguardia creativa insular– el propósito de pervertir la naturaleza del evento, ignorar su recorrido histórico y usurpar un espacio para canalizar orientaciones políticas ajenas al arte.

Contra  la 14 Bienal, varios de los protagonistas de la fallida intentona de 2018 reanudaron sus andanzas. Ya ni siquiera plantearon la posibilidad de un circuito marginal, sino dejar sin pies ni cabeza la Bienal. Una de las más activas agentes, artista de indudable talento tanto para la renovación de planteamientos estéticos como para traicionar a su Patria, se ha pasado las últimas semanas corriendo de un lado para otro para concertar alianzas anticubanas con personeros de la extrema derecha venezolana y nicaragüense, medios de prensa subvencionados por el dinero que Washington destina contra Cuba y cantantes a las órdenes de los Estefan en Miami a los que se permite aleccionar: «Tu rabia y tu descontento no son útiles». Tienen que ir por más, contra las instituciones y la abrumadora mayoría de los compatriotas que trabajan por salir adelante. 

No deja de ser curioso el hecho de que quien acusa a las instituciones cubanas de censura termine ejerciéndola; quizá esa era su más recóndita vocación. De qué libertad puede hablarse cuando en nombre de ella se presiona hasta la extorsión a colegas que solo aspiran a mostrar y confrontar sus creaciones en un espacio inclusivo y revelador de las más diversas tendencias del arte contemporáneo, un espacio donde las más atrevidas, cuestionadoras y transgresoras propuestas han tenido cabida.

Es hora de sacar cuentas. No pasan de diez los artistas y teóricos previamente seleccionados por el equipo curatorial de la Bienal que declinaron su participación. Cuestión de números: 300 contra diez. Valoremos otro hecho: entre los que se han pronunciado por el boicot aparece alguna que otra figura de renombre, las cuales en ediciones anteriores han concurrido a La Habana. En esta ocasión no estaban previstos. En la conferencia de prensa del evento, un periodista free lance citó un nombre; los organizadores respondieron: «Nunca estuvo en los planes, ni siquiera se contactó».

El pasado viernes, en la apertura del evento, se conoció otra cifra elocuente: 892 firmas de artistas e intelectuales de 42 países habían suscrito la declaración  ¡Sí a la Bienal! Tantas personas no pueden estar equivocadas.   

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